Siempre estuvieron bien aquellas cenas con todo el mundo presente, con el personal afanoso de un sitio a otro, arremolinado a ratos en la cocina, ojeando el burbur de las cacerolas, molestando, saltando de un hueco a otro contentos, con la felicidad de las cosas pequeñas y sin necesidad de explicación. Fueron unos años estupendos, veladas deliciosas en las que creíste que el tiempo se detenía por un par de buenos ratos y se vivía también con buen ánimo todo lo que sucedía alrededor de aquella reunión, en la velada siguiente. Cada uno en el sitio que le había tocado, el lugar de otras ocasiones, encajado en un puzzle fácil. La palabra siempre, pensaste, te entregó, creíste, toda su dimensión.
Luego, el reloj se quebró y comenzaron a contabilizarse bajas, ojitos brillantes, alguna silla vacía, cambio de misiones, tareas que nunca más se harán. “Tienes mala cara”. Otros también se fueron.
De aquella ultima noche única y especial, hecha en el material en el que no se rompen los buenos recuerdos, nos vimos empujados a otras con nuevos componentes, sintiendo renovadas emociones para estas nuevas etapas. La ilusión reaparecía gracias a su parte de convicción, de determinación incluso. Es la mejor gasolina.
Estos días habrá de nuevo tiempo para recomponer recuerdos, si apetece.
Que no tiene porqué. Quién no tiene un puñado de conocidos que ha renegado de estas fechas, que no halla estímulo alguno en este tramo del año, que encuentra motivos de sobra para huir. Generalmente, son los aguafiestas de siempre, tipos felices a contracorriente, que tienen mucho de apáticos al buen rollo circundante y son aburridos habituales con vertiente didáctica durante estas semanas. Pero, qué ternura produce este batallón de contrariados que ven al resto del mundo hipnotizado por este ambiente con demasiada emoción, cegados por cuatro luces, maniatados por los compromisos. Como si recibir y dar abrazos y besos durante este minúsculo margen de días estuviese mal, fuese síntoma de alienación, trampa para mentes frágiles. Ya se lo recetaba un amigo a un conocido especialmente agrio estos días. “Cuando termines con tu rato de melancolía y los discursos sin público, apaga la luz y vete a dormir”. Es lo mejor cuando no hay chispa. No marear al personal.