Síguenos en redes sociales:

Recursos humanos

Maite Pérez Larumbe

Abuelas

Abuelas

Ya van dos veces en poco tiempo y, sin duda de que con la mejor intención, que me desean que sea abuela. Que me recomiendan la experiencia. También es verdad que lo han hecho abuelas noveles, de bebés que como mucho se enrabietan un rato o tardan en eructar después de las tomas o tiernas criaturas algo más crecidas pero que aún no juegan al veo veo y con las que aplican un conocimiento aquilatado y una tranquilidad ajena al sobresalto o la inexperiencia de los progenitores. Tendría que preguntar a otras abuelas porque sospecho que hay una mística de la abuelidad no del todo objetiva. ¿Se está fraguando por ahí un movimiento de malas abuelas similar al de malas madres? Habría que investigar.

¿Qué decir? Que me aprecian mucho si quieren para mí algo que consideran felicitante, pero que es como si me desearan que me tocase la lotería. Más allá de comprar un número, tengo descendencia, el resultado no está en mi mano. Es más, ni siquiera forma parte de mi visión de futuro. Llegar a serlo o no no está contemplado en la ecuación en la que otras variables, independientes y dependientes, ocupan su sitio.

Yo tuve una abuela perfecta. Si por algo me da pena que no haya cielo es porque ella estaba convencida de su existencia y porque se lo perdió. O se lo ha perdido. No acierto con el tiempo. Decidan ustedes.

No obstante, todo esto me ha hecho pensar en qué tipo de abuela querría ser de alcanzar esa pantalla. La abuela veinticuatro siete, la unidad de rescate, la señora del kínder y la paga, la suegra de papá o mamá, la consentidora o la más moderna del mundo no son modelos que me fascinen. Habrá que darle una vuelta. Por si acaso.