La cercanía de las elecciones europeas está mostrando en toda su dureza el auge de los discursos populistas de ultraderecha. No sólo crece la violencia política contra el adversario –el intento de asesinato del asesinato del primer ministro de Eslovaquia, Robert Fico, es el último ejemplo–, regresan en toda su crudeza los discursos de odio con la inmigración como objetivo estrella de sus diatribas y aumenta el ensordecedor ruido de la crispación y los insultos en el debate político. Un compendio de realidades que pone en evidencia la inestabilidad que atraviesa el proyecto de la UE con una ciudadanía sujeta las soflamas del miedo, ya sea la inseguridad económica, la polarización de todos los debates o el riesgo de perder sus valores sociales, religiosos o culturales. Un tiempo que acompaña a la pérdida de influencia de la cultura democrática en el que las emociones se imponen a los análisis y facilita el expansión de las propuestas ultras y su acceso a parcelas de poder desde las que seguir azuzando la división y el enfrentamiento. La necesidad de un enemigo es fundamental para ello y a eso se dedica la desinformación masiva generada en las redes sociales para alimentar esas emociones. Afortunadamente, Navarra está lejos de ese pozo de mierda. Al menos aún. Dirigir la movilización política desde las emociones necesita mantras simples, pero que son efectivos en el imaginario colectivo europeo, por ejemplo al compás del creciente rechazo a las políticas migratorias de asilo y acogida. Un malestar creciente como caldo de cultivo en este auge ultraderechista al que es evidente que la políticas oficiales democráticas no están sabiendo responder con eficacia. Con elecciones a la vista, se vuelve a utilizar la inmigración y el patrioterismo ramplón como elementos de agitación electoral, que sustituyen a un planteamiento de soluciones y alternativas por la designación de un chivo expiatorio al que cargar todos los problemas sociales y contra el que dirigir el malestar ciudadano. Último ejemplo, 15 países de la UE reclaman a Bruselas políticas para poder aplicar medidas como el denominado ‘modelo Ruanda’ que ha aprobado Reino Unido para expulsar a terceros países a inmigrantes sin papeles o personas que esperan la resolución de sus solicitudes de asilo. El ser humano como simple mercancía que vender al mejor postor. Ese camino siempre tiene el mismo recorrido: un discurso falso sobre seguridad ciudadana, con claros tics antidemocráticos en el espacio de los derechos y libertades civiles, sociales y laborales, un populismo xenófobo en la inmigración, la persecución de las minorías, la discriminación sexual y la exaltación simbólica de un nacionalismo casposo y cochambroso. Un modelo encaminado hacia un sistema reaccionario y autoritario como sustituto de la democracia. Ese avance ultra es la mejor metáfora del alejamiento en este siglo XXI de los principios originarios de solidaridad, justicia y derechos humanos del proyecto europeo. Malos tiempos. La ultraderecha se escuda en los mismos derechos democráticos que está eliminando de hecho allí donde ha logrado espacios de poder institucional para polarizar el debate político y alimentar la confrontación social. Blanquear ese fantasma y dar validez institucional a esos discursos, como ocurre en cada vez en más países de la UE y en más decisiones políticas de sus Estados, es el peligro. Solo hay desastre y sufrimiento.
- Multimedia
- Servicios
- Participación