Hay quien cree en las casas encantadas, lo sé, vale, de acuerdo. Todo el mundo es libre de creer en lo que quiera. En el fondo, la vida es lo que es y poco más. No obstante, que acabarás siendo tú el que tenga que demostrar que no es un robot, eso ya lo sabías, creo. Y si no lo sabías, ya lo sabes. La tecnología es maravillosa, no deja de avanzar. Ahora bien, en alguna parte de mi memoria hay una estrecha carretera, con hileras de árboles pintados de blanco a cada lado, por la que se aleja echando humo un viejo autobús con un montón de maletas encima, mientras dos cuervos que estaban en la cuneta alzan el vuelo como de mala gana. Soy de la generación del éxodo rural, claro. Dejamos un mundo atrás. Pero la tecnología es maravillosa, desde luego. El otro día vi, en una imagen virtual, cómo sería yo si me sometiera a ciertos retoques estéticos. Sería Paul Newman, Lutxo, créeme. No sé qué hacer. A lo mejor me opero, lo estoy pensando, le digo. Y me dice: ¿Paul Newman? ¡Seamos modestos! No obstante, por consiguiente, y dado que acaba de empezar el verano y parece que va a hacer buen tiempo y va a ser todo maravilloso, Lutxo, viejo gnomo, yo estoy aquí para reivindicar los placeres sencillos y los lujos modestos. Los que tienen que ver con la poesía de la vida, no sé si me explico. Porque la vida es como es, vale: al menos en parte. Pero también es poesía. Y, a veces, los muy tecnológicos no se dan cuenta de eso. Es algo que se pierden, supongo. Peor para ellos. Así que, aprovechando que esta es nuestra última columna de la temporada, Lutxo, viejo y reseco endriago de los páramos, yo te invito formalmente a que recuerdes siempre y no olvides jamás la poesía de la vida. La poesía de la vida que, en verano precisamente, suele resultar, por lo general, muy veraniega, le digo. Y me suelta: Aquí ya huele a toro. Y sí, en eso vuelve a tener razón. Una vez más. Así es Lucho: nunca se cansa de acertar.
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