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Neeskens

Neeskens

Estamos rodeados. Y lo sabes. Tipos superficiales y atrevidos, pillando sitio a codazos en la primera fila. Qué pereza. ¿Será porque somos perezosos que ellos cojan sitio?

No sé si lo que más gustaba de Neeskens era su despliegue, como un aguijón para los defensas llegando desde el fragor en el centro del campo, un tifón rubio, o también su aspecto entre aniñado y malote, de greñas y patillas imposibles, con el que en la Naranja Mecánica organizaba su fútbol. Neeskens jugó dos finales con Holanda –así se le llamaba entonces la selección de los Países Bajos– y perdió las dos, frente a Alemania en 1974 y después con Argentina en 1978. Qué más hace falta para reconocer al héroe caído. Aunque otros jugadores de aquellos equipos oranges llegaron a tener más respeto por parte de los aficionados –Cruyff fue el máximo ejemplo de esa generación innovadora con la pelota, nacida del fútbol en la calle, de la sabiduría sin libros–, Neeskens tenía su público y, cuando dejó el Ajax y fichó por el Barcelona, la camiseta con su número gustaba y se cosía el dígito en esas zamarras de a dos pesetas. Neeskens jugaba de centrocampista –segunda línea–, era un consumado ladrón de balones en esa parcela –oficio gris–, pero también un buen llegador –invitado de última hora–, porque no había futbolista holandés de entonces que no tuviera metido en el cuerpo la pasión por el gol. Además, era un consumado lanzador de penaltis –un gestor–.

A Neeskens le apodaron Johan Segundo porque el otro Johan, el Primero, era Cruyff, el fenómeno del país de los tulipanes, desgarbado y duelista. Un tormento.

Por eso, ser de Neeskens, y reconocer su aparente papel secundario, le daba todavía más valor.

Neeskens murió el lunes a los 73 años y se marchó el héroe que sonríe al final de la película y dibuja solo una mueca para decir adiós. “Estoy orgulloso de mi carrera futbolística, pero en silencio. La calidez de la gente fue lo más hermoso”, dijo en un entrevista hace unos años. Los buenos no necesitan hacerse sitio para estar los primeros de la fila, brillan desde el segundo plano. En estos tiempos de tipos epidérmicos y bocazas, qué bonito recordar que todavía hay quien entiende el silencio como una buena manera de hacer ruido.