No sé quien será cuando lean estas letras el ganador en las presidenciales de EEUU. Ni siquiera sé si a la hora en que se publique esta columna habrá un ganador. Soy feliz sin conocer el futuro, el mío y el que venga, aunque sí estoy seguro de que el inepto e incompetente de Mazón seguirá sin dimitir mañana. No hace falta ser futurólogo para eso. En todo caso, adelanto que mi opción es que pierda Trump. No tanto que gane Harris. No me fío tampoco. Si hay que elegir entre guatemala y guatepeor es difícil no optar. Con la boca pequeña. Hace tiempo que no me emocionan las elecciones presidenciales de EEUU, solo que es inevitable mirar allí, más allá del espectáculo que las acompaña y los miles de millones que se compran y venden en la campaña, cuando se celebran comicios importantes. Afectan a todo el mundo. Incluso aunque el Imperio muestre cada vez más luminosas señales de agotamiento. Su devenir también arrastra a Europa. Y sin duda con el mandato de Biden ha sido un arrastre a peor para la UE y para el mundo. Pero, muy en el fondo, están en cierta medida en juego de nuevo los valores más básicos de la democracia. Trump tiene aún una amplia base de seguidores en EEUU, aunque su discurso es todavía un vehículo movilizador de electores para poner freno a sus desvaríos y delirios. De hecho, el intento de anular el derecho al aborto se ha convertido en un elemento favorable para los demócratas que pueden ganar los comicios en esos pocos estados claves donde todo se juega por la movilización del voto de las mujeres en defensa de sus derechos. Si Harris gana y es la primera mujer presidenta de EEUU no será porque la dirección política de su Gobierno vaya a cambiar de valores ni de prioridades en el mundo –estaría bien equivocarme–, sino porque finalmente ha logrado millones de votos, muchos seguro con la nariz tapada, de quienes se oponen al errático discurso político, ideológico y de gestión de Trump. Ya sea su discurso contra el cambio climático y las políticas de protección medioambiental, ya su descarnado mensaje de odio racista y machista, ya su alocada política internacional, ya a su apuesta por la vulneración de los derechos humanos para proteger intereses económicos, multinacionales, financieros, etcétera. Incluso cuestionando desde la base la credibilidad del sistema democrático, si no gana. Su propuesta populista y extremista mezcla de forma caótica mentiras, miedos, odio y tópicos de la derecha más ultraconservadora con posiciones económicas sin orden ni concierto. Una linde que acabamos de ver en directo y en vivo en Valencia tras el desastre humano de la DANA y que sufrimos cada día desde hace años con la miseria moral que emana de periodistas, tertulianos, políticos, jueces y variopintos vividores desde Madrid. Tampoco el establishment demócrata es ninguna garantía de defensa de la democracia y los derechos humanos. No soy un iluso, como tampoco lo fui con Obama ni con Biden, con Harris –su posición ante el genocidio de Israel en Palestina lo dice todo–, y los intereses de la geopolítica estadounidense dan para lo que dan. Pero aún creo, inocentemente supongo, que en esas urnas, con la UE sin apenas ya influencia internacional, se juega buena parte de la democracia, o lo que queda de ella, en el mundo. Es lo más positivo que se me ocurre.
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