Se ha conmemorado esta misma semana –no se ha celebrado porque no hay nada que celebrar–, el aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Y esta misma semana también la Asamblea General de Naciones Unidas ha votado y aprobado una resolución que exige “un alto el fuego inmediato, incondicional y permanente en Gaza, así como la liberación inmediata e incondicional de todos los rehenes”. El texto fue apoyado por una amplia mayoría de 158 países, pero hubo 9 votos en contra (EEUU, Israel, Argentina, Hungría, República Checa, P. Nueva Guinea, Tonga, Paraguay y Nauru) y otras 13 abstenciones. Seguramente, esos países aprobaron en 1848 esa declaración en defensa de los derechos humanos y posiblemente también organizaran actos de exaltación de ese texto y entregaran premios en su nombre, pero han votado en contra de algo tan vinculado a esos derechos humanos recogidos en la declaración universal como detener el genocidio y limpieza étnica planificada contra el pueblo palestino. ¿Cómo se puede votar en corta de eso con las imágenes diarias de niños y niñas asesinados? ¿Qué pasará por la cabeza de los delegados de esos países ante la Asamblea de la ONU cuando aprieten el votan del no o el de abstención y mirar para otro lado? ¿A cuánto se paga protagonizar ese ejercicio público de inmoralidad humana? Me es imposible entenderlo y se me han terminado ya los adjetivos para calificarlo. Se están eliminando todas las reglas que garantizaban al menos un mínimo el respeto a los derechos humanos. Retrocedemos en este mundo cada vez más convulso e incomprensible. Hemos anulado todas las reglas y devaluado la capacidad e influencia de las organizaciones internaciones. Barra libre sin cortapisas legales internacionales ni salvaguardas humanistas. Por ello, quizá hoy más nunca. es necesario : de mantener activa la fortaleza de la cultura de los derechos humanos en un momento histórico en el que la batalla de las ideas que impulsan los sectores más reaccionarios tiene como objetivo su eliminación. La cultura de los derechos humanos es el eje fundamental de la democracia como cultura política. Unos no se entienden sin la otra y viceversa. Los derechos humanos y la democracia son aquello que tratan de borrar del mapa social los fantasmas negros que dominan este siglo XXI y poner fin a los valores de la Declaración Universal de los Derechos Humanos y sustituir sus contenidos por campos yermos de acción política y económica donde todo es válido y el fin siempre justifica los medios. Aunque parezca lo contrario, la conmemoración ese acuerdo internacional sigue siendo una puerta a la esperanza de que un mundo mejor es posible. Una fecha de celebración por los derechos alcanzados y también para recordar a quienes carecen de ellos. Son muchos más. Basta ver cómo cada día decenas de informaciones señalan situaciones desoladoras de abandono, tortura, explotación masacres, esclavitud, exterminio, persecución, pobreza, hambre, guerra, etcétera que afectan a millones de personas. Los derechos humanos son un valor colectivo de la humanidad. Como siempre, también ahora es tiempo de reivindicar la vigencia y fortaleza de la cultura de los derechos humanos y de la democracia. No vale dejarse engañar.
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