En julio un sistema de vigilancia del cielo descubrió un objeto curioso: parecía un cometa acercándose a gran velocidad al interior del sistema solar en una trayectoria que lo diferenciaba de otros cometas conocidos. Se trataba probablemente de un objeto que venía de fuera y que había viajado por los espacios interestelares durante cientos o miles de millones de años antes de llegar por casualidad a sentir la atracción del Sol.
Era el tercer cometa de este origen que conocemos, todos descubiertos en estos últimos 10 años. Su órbita hiperbólica le llevará dentro de un año a salir de nuestro entorno y perderse de nuevo en ese vacío casi completo y helado que hay en esas remotas regiones. Por lo tanto, se trata de una oportunidad única para conocer un poco mejor un objeto completamente diferente a todos los que conocemos por aquí: formado en torno a otra estrella, con otras condiciones, de distinta composición. La noticia de este cometa interestelar, de nombre 3I/ ATLAS, es de por sí interesante y más para quienes nos dedicamos a divulgar la astronomía. Pero en tiempos de exageraciones en los medios, esos que siempre están urgiéndonos a maravillarnos, con adjetivos superlativos, estas noticias acaban siendo pasto de especulaciones que solo buscan la atención y el click en su enlace.
Puro marketing de lo que nos produce sorpresa, es decir, liberación de dopamina y activación de los circuitos cerebrales de la recompensa, el bienestar, la necesidad de comprender incluso. Estas noticias funcionan como la iluminación de navidad, que usa los mismos neurotrucos para que compremos más. Pero hay un trasfondo más triste en el ruido en las redes sobre este cometa: quienes usan estos fenómenos raros para vender conspiraciones, miedo y desde luego intereses ligados a la ultraderecha y el negacionismo.