En un pueblo riojano envuelto por viñedos la Navidad ha estallado a las horas de estrenar el año. Mientras en unas casas de Fuenmayor se alimentaba la hoguera de las sobremesas compartidas, en otras alguien dormitaba ante el televisor con los pies sobre una mesa baja y en esta, un chaval de 19 años asesinaba a su padre. Antes había explotado una discusión familiar. Y antes se había asistido a la batalla a veces sorda y otras ensordecedora de la violencia machista. Todo esto, presuntamente. Se está investigando un caso para el que se ha decretado secreto judicial.
La tarde de Año Nuevo el cadáver del fallecido, de 54 años, fue trasladado al Instituto de Medicina Legal de La Rioja. Su hijo, a dependencias de la Guardia Civil. Los tres hermanos, menores de edad, y la madre, a una vivienda social en Logroño. Hasta aquí llega la primera onda expansiva de una detonación que ha sacudido a los poco más de tres mil habitantes de Fuenmayor. El pueblo había recibido a esta familia hace cinco años. Esto es lo que se sabe.
Lo que no es lo que ha ocurrido entre las cuatro paredes de esa casa, lo que sólo conocían las cinco personas unidas por vínculos de sangre, presuntamente por una violencia muy conocida y ahora, por esta oscuridad. La cotidianeidad puede esconder gestos cargados de furia, la que se contiene y la que se muestra.
El modo en que se aparta un plato porque no está suficientemente caliente. La subida repentina del volumen en un comentario que hace temblar una mano. La mirada vertical con que se desprecia el aspecto de la otra persona. Y los gritos a centímetros de la cara, los empujones contra un mueble, los golpes. Puede abrirse un abismo entre un hombre de 54 años y otro de 19, entre sus pulsiones y su modo de relacionarse con su pareja, entre la condición de marido y la de hijo. Puede ganar el impulso animal, el que contiene el amor a una madre y su defensa, el que conduce a matar a un padre. No lo sabemos. El viernes en Fuenmayor se guardó un minuto de silencio.