Mientras la actividad política más cercana se despereza de un arranque de año con aspecto de acueducto festivo, nos volvemos a los clásicos internacionales. 2026 arranca con Benjamin Netanyahu expulsando a 37 ONGs humanitarias de Gaza. Es año electoral en su país y, por miedo, desinformación o puro fascismo –aunque lo llamen de otro modo–, en el pueblo elegido medra como plaga la justificación del asesinato de la población palestina. Así que, cuantas menos fuentes alternativas existan al relato oficial, tanto mejor.
El primer ministro israelí vive del miedo ajeno que le preserva de responder a los juicios por corrupción propia. Así que demoniza hasta al nuevo alcalde de Nueva York: “gasolina antisemita” le llama quien ha hecho del sionismo gasolina antihumana. Otro engaño: no carga contra él por ser musulmán sino por candidato del Partido Demócrata y, en consecuencia, factor de desgaste de su seguro de vida: Donald Trump. Mientras Zohran Mamdani estrena alcaldía apelando a la clase trabajadora en EE.UU. –que, por cierto, votó en favor de la élite económica que representa Trump–, el presidente busca el Nobel de la Paz a bombazos.
Ahora pretende hacer creer a los iraníes que será él quien les proteja de su régimen represor. El gendarme del mundo es un actor de sus intereses propios. No moverá un dedo para rescatar a sus ciudadanos de la crisis económica que les ha provocado, pero gastará lo que haga falta en la industria de defensa. Para eso, a él le conviene un enemigo y al régimen iraní, como al venezolano, todavía más. En Crans-Montana, donde se ríe a menudo, se llora desde hace tres días.
Tradicional lugar de asueto adinerado, una llama ha vuelto a igualar las clases sociales en términos de dolor o de irresponsabilidad. Arden igual el local de una franquicia con decoración barata en Madrid, una discoteca popular en Murcia (ambos en 2023) o un club de privilegio en Suiza. El pánico no tiene estilo ni sabe de clases.