Vivimos en una sociedad consumista que lo tiene todo… y aun así compra lo que ya no existe. O lo que nunca debería haber salido de donde estaba. Porque Wallapop no es una app: es un estado mental. Un lugar donde nada muere, solo se pone “en buen estado”. Ahí conviven bicicletas estáticas sin estrenar, vajillas “con historia” (es decir, heredadas) y sofás que han visto más siestas que un jubilado.
Y, cuando parecía que ya no quedaba nada sagrado, aparecieron unas puertas de iglesia. Las de Ventosa de la Cuesta, en Valladolid (tras una denuncia el anuncio fue retirada). Siglos de historia (estilo barroco del siglo XVI), madera castigada por el tiempo y los inviernos… a la venta por 390 euros. Más baratas que un smartphone. Más caras que el respeto al patrimonio.
Retablos, crucifijos, tallas religiosas...“tiene historia”, “difícil de encontrar”... Baldosas arrancadas y relojes analógicos averiados junto a cabezas de maniquí, zapatillas de los noventa... pero también bragas, tangas, medias o sujetadores “ sin estrenar”, “usada muy poco”, “especial”, “para coleccionistas”: traducción libre: no es para vestir sino para fetichistas.
Rodeados a un click de cosas nuevas, idénticas y sin alma, la mayoría franquiciadas, pero obsesionados con comprar lo viejo (Wallapop, Vinted...), lo gastado, lo irrepetible, lo que fue sagrado o prohibido. Compramos lo que nos recuerda a cuando éramos otros. O de una vida que no es la nuestra. Porque si algo nos ha enseñado el mercado de segunda mano es que todo se vende. Y si no se vende, es que no has puesto bien el precio. Incluso la historia.