No habíamos acabado de comentar los cotilleos de las diferentes emisiones de las campanadas de fin de año y los igualmente inútiles y horteras especiales en televisión; no habíamos dejado aún las tonterías del comienzo de año, incluso apañando con las sobras las comidas de este primer fin de semana; no habíamos terminado aún de leer las selecciones de los medios de los mejores momentos, películas, series, discos, restaurantes, sitios con encanto o modas estúpidas del año pasado, que cada año se multiplican tanto que ya había previsto que estaría con ellas hasta mediados de 2026; bueno, pues aún estábamos en esos cotidianos placeres del comienzo de año, unidos a ese malestar que da una dieta absurda que nos empacha de cosas ricas y nos llena la tarde de dulces contundentes, cuando llegó Trump e invadió un país.
No uno cualquiera, sino ese que había señalado ya desde hacía tiempo, así que tampoco podemos decir que nos pillara por sorpresa. Lo que pasa es que con este sátrapa naranja pensamos que lo peor está aún por llegar, así que no descartemos la invasión de Groenlandia, que se paseen con idénticas excusas contra el narcotráfico a desestabilizar gobiernos poco trumpistas como el de Colombia o que la guerra declarada a Europa por sus derechos y libertades civiles, su tibia defensa contra el monopolio digital y su educada oposición defendiendo algo de democracia se transforme en un zapatazo de este magnate.
Y llegó Trump para confirmar que después del Nuevo Orden Mundial la cosa podría aún empeorar, negando la ciencia y la democracia, ejerciendo un tecnofeudalismo que aplauden los otros líderes de la nueva era, que se puede llevar por delante a quien sea si con ello ve un rédito de poder y economía (es lo mismo) a corto plazo. A ver qué nos traen los reyes esta noche...