Cuando 150 aviones norteamericanos lanzaron su ataque contra el régimen de Nicolás Maduro en Venezuela en la madrugada de este sábado, el mundo entero mostró su sorpresa por una operación que Washington llevaba meses anunciando.

El presidente Trump no ocultaba desde hace tiempo su propósito de acabar con el régimen de Maduro, quien trató de negociar una salida airosa -y generosa- que le permitiera abandonar Venezuela y refugiarse en algún país amigo, como Cuba, con una fortuna amasada en sus años al frente del régimen heredado de Hugo Chávez. 

A las múltiples declaraciones y acciones belicosas de Trump en los últimos meses, se sumaban desde finales del año pasado las fuerzas amasadas en torno a Venezuela, desde numerosos barcos de guerra a todo tipo de sistemas de vigilancia de gran eficacia. 

Por otra parte, las repetidas declaraciones de Trump en contra de aventuras militares internaciones, contradecían su conducta intervencionista demostrada en Irán y en el Medio Oriente y repetida ahora en Venezuela.

Trump utiliza así la enorme fuerza militar de Estados Unidos, como ya hizo otro primer mandatario republicano, el primer George Bush, cuando ordenó ataques contra Panamá para eliminar el régimen de Manuel Noriega.

Igual que ahora Maduro, Noriega fue detenido por las fuerzas norteamericanas que invadieron Panamá y lo trasladaron a Estados Unidos donde fue sometido a juicio por acusaciones semejantes a las que probablemente tendrá ahora Maduro y condenado a cuatro décadas de prisión, conmutada al cabo de 17 años, cuando fue extraditado a Francia para afrontar otras acusaciones.

Para muchos ciudadanos venezolanos refugiados en Estados Unidos, la acción militar ordenada por Trump fue motivo de entusiasmo, como habría ocurrido con el exilio cubano si Estados Unidos hubiera ordenado una operación efectiva para acabar con el régimen de Fidel Castro.

Trump ha puesto otra vez en práctica la doctrina Monroe, de “América para los americanos”, anunciada por el presidente Monroe hace dos siglos y que Kennedy no supo aplicar hace 72 años cuando envió una fuerza mal organizada e insuficiente a Bahía de Cochinos para segar la revolución castrista.

En los últimos meses, Trump no ocultó sus intenciones. Y no solo con los ataques contra embarcaciones sospechosas de trasladar droga hacia Estados Unidos, sino con el despliegue militar y declaraciones belicosas. 

Quien más convencido parecía de las intenciones agresivas de Washington era el propio Maduro, pues trató de negociar una salida de Venezuela y un refugio en algún país amigo. 

Parece ahora que su principal error fue apuntar demasiado alto y no aceptar varias ofertas de asilo. Irónicamente, la mejor oferta parece haber sido la de Trump: salida protegida de Venezuela, probablemente hacia Turquía, bajo protección militar norteamericana. 

Trump lo propuso personalmente en una conversación con Maduro quien no la aceptó porque no ofrecía garantías suficientes a sus colaboradores, ni garantizaba los 200 millones de dólares que exigía el dirigente venezolano para un “retiro confortable”.

Venezuela, Maduro y Washington han entrado ahora en una nueva fase: los venezolanos esperan a ver quien tomará las riendas del poder y si Trump podrá cumplir sus promesas de un buen futuro económico para el país, mientras que Maduro y su mujer se enfrentan a un largo proceso jurídico y una sentencia que prácticamente garantiza una vida tras las rejas

A no ser que Trump nos sorprenda nuevamente con su “arte de negociar” y acepte la liberación de Maduro a cambio de algo que todavía está por determinar.