Ni siquiera se trata de entrar a valorar o analizar si el derribo o demolición de los Caídos es mejor que el intento de resignificación o viceversa, puesto que expertos en la materia los hay sobradamente –en mi caso, mi faro siempre es la aportación del impagable ateneo Basilio Lacort–. Ni siquiera, como digo, entraré en eso, en si cae Roma entera y todas sus maravillas de la humanidad si se derrumba un edificio de 73 años que el 99% de los pamploneses no han pisado nunca, tirando a horroroso, con un claro tufo fascista y que ejerce un efecto tapón innegable. No, no entraré ahí.

El asunto es que ni siquiera en el concurso de ideas –segundo que se hace, el anterior permitía el derribo como opción– cabe ya la posibilidad, a la vista de la retahíla de leyes, jurisdicciones y supuestos muros legales imposible de tratar siquiera de evitar a la vista de las manifestaciones del equipo de gobierno del ayuntamiento de Pamplona. Esto es: nos vamos a tener que comer, nos guste o no, la resignificación que emane de los proyectos presentados y de ahí de la que emane del proyecto ganador, un proyecto que me imagino que posteriormente será llevado a cabo –aunque si vuelve a haber en esta ciudad alternancias de gobiernos con la derecha el asunto se puede prolongar hasta el 2600 después de Franco– y que habrá que apoquinar y finalmente aceptar, todo ello sin que en ningún momento del proceso primigenio se haya dado a los moradores de la ciudad la más mínima opción de dar su opinión, querencia o postura acerca del tema, bastante más importante que si el chupinazo lo lanza ele o eme o si el cartel de fiestas es el número 3 o el 6. En esto va quedando la democracia participativa: en migajillas.

Dicho esto y habida cuenta de que parece ya inviable que la democracia sea tal y no un apaño, que gane el mejor y que su defensores lo disfruten, algo que no se nos ha permitido a otros.