Me hace gracia -una gracia oscura- la defensa que hacen algunas voces de que básicamente el célebre cantante J.I. no tenía necesidad de hacer eso (agredir a sus empleadas) para tener sexo. Acaso Jeffrey Epstein, guapo, rico y un depredador sexual la tenía? ¿O el poderoso productor de Hollywood, Harvey Weinstein? Son perfiles similares que combinan machismo, clasismo, borrachera de poder... además seguramente de otro tipo de trastornos. No buscan solo sexo, buscan sumisión. El patriarcado también subcontrata.
En este caso, según las denunciantes y a la espera de que la justicia dictamine, se habla de una mujer encargada de reclutar perfiles de trabajadoras del servicio doméstico que, entre otros requisitos, debían estar limpias de enfermedades de transmisión sexual y, por supuesto, tener al menos un tercio de la edad del presunto agresor. Por cierto, muy escabroso el “tratamiento terapéutico” para el dolor de espalda según las denunciantes: seis horas de felaciones y “besos negros”. Llamarlo “nuevas esclavas” incomoda.
Quizá porque señala una verdad incómoda: que el cuerpo de las mujeres con menos recursos sigue siendo territorio disponible. Las mujeres mulatas ‘esclavizadas’ viven donde trabajan. Duermen donde obedecen. Están aisladas del mundo exterior. En este caso, en mansiones de República Dominicana o Bahamas. Basta con la insistencia, con la presión constante, con la certeza de que decir “no” puede significar quedarse en la calle. La pregunta es cuántos privilegios hacen falta para que alguien se sienta con derecho al cuerpo y la dignidad de otra persona. Mientras el trabajo doméstico siga siendo el agujero negro de los derechos laborales, seguirá siendo un terreno fértil para el abuso sexual y la humillación.