Hay un vídeo que de vez en cuando veo en las redes en el que el famoso astrónomo, científico y divulgador Carl Sagan se enfrenta a un periodista estadounidense en los años 90 y le explica que siendo como es Estados Unidos el país más rico del planeta, con el gasto militar con mucho más alto del mundo, es indigno que sea el 19º país por tasa de mortalidad infantil. Esto es, que hay 18 países con mejores cifras que el país más rico del mundo.

Viene a decir Sagan que si ni siquiera son capaces de proteger a sus recién nacidos que hacen gastando millonadas en otras cosas. En 2023, Estados Unidos era el país número 53 en cuanto a tasa de mortalidad infantil de menores de 5 años por cada 1.000 habitantes, mucho peor que cuando hablaba Sagan. Peor que países como Estonia, Bielorrusia, Chipre, Bosnia, Bulgaria y decenas y decenas más. En otros muchos indicadores –salud, cobertura sanitaria, homicidios, tasas de presidiarios, muertes por sobredosis, esperanza de vida, deuda pública, etc, etc– está también muy lejos de los países punteros del mundo. Pero, esto es lo preocupante, sigue siendo el chulito de patio abusón que con su ejército y sus miles de cabezas nucleares –Estados Unidos no ha firmado o se ha retirado de más tratados nucleares que Rusia, no lo olvidemos– es capaz de amedrentar y coaccionar a pequeños, medianos y grandes países e incluso, como está sucediendo últimamente, a la propia OTAN que ellos mismos montaron para, supuestamente, protegerse de Rusia.

Esto se ha podido agudizar con Trump, claro, pero es algo que hemos visto decenas de veces previamente con mayor o menor base legal, ya fueran demócratas o republicanos los que estuvieran al frente. En cierta forma, es un estado fallido, que abandona a sus propios ciudadanos ante multitud de problemas mientras alimenta a sus élites económicas y políticas ávidas de seguir controlando el pastel y el imperio.