Leo sobre las denuncias a Julio Iglesias y compruebo que las reacciones son similares a las de otros casos que implicaban a otros poderosos.
Salvando la presunción de inocencia, la incredulidad se reserva al núcleo íntimo, qué van a decir, y a quienes quieren asimilarse. Pero, incluso entre las personas cercanas, hay quien prefiere poner por delante su shock o aconseja esperar el veredicto de la justicia. No se quemarán la mano.
Han hablado también quienes cierran filas con una batería argumental mejorable: que es un señor (pero los códigos de caballerosidad implicaban no presumir de conquistas y acostamientos y eso es algo que el artista ha evitado concienzudamente), que está enfermo y no podría (pero las prácticas denunciadas tenían, entre otras, la función de aliviar el dolor) y que qué necesidad tendría de recluir, agredir y someter teniendo tantas mujeres a su disposición (pues queda bastante claro que esa es la necesidad, agredir y someter).
Y hay un cuarto argumento que hemos escuchado mientras veíamos vídeos del cantante tocando, abalanzándose sobre, besando a presentadoras que intentan zafarse y que afirma que eran otros tiempos. Cuidado, es una falacia. ¿Otros tiempos? ¿Para quién?
Las mujeres sienten y han sentido, ahora y hace cien años, asco, vergüenza y miedo. Afortunadamente, ahora entendemos que en una agresión sexual el bien atacado es la libertad sexual de las mujeres, no el honor o la honra familiar, la castidad o la decencia y ahora hemos empezado a hablar. Tampoco los llamábamos agresores, había otras palabras. En resumen, que reconociendo y aplaudiendo el desarrollo de un derecho, de la conciencia social y de la visibilización de las agresiones, no hay que olvidar que los hechos denunciados ya tenían calificación penal y ética. Y que socialmente estaban claros los límites para el acceso carnal. ¿No recuerdan?