No les había contado creo, pero tengo perrete, un tipo tranquilo y con el pelo duro y una pasión por comer que no se le quita. Hace ya 4 años y 1 mes. Antes de tener perrete yo pensaba que había más probabilidades de hacerme del Real Madrid que tener un perro en casa, pero con esto aprendí seriamente que conviene no hacerse muchos esquemas mentales fijos sobre determinadas cosas porque al final el perrete entró en casa.
Lo del Madrid sí que no sucederá, de eso no me cabe la menor duda. No niego que el inicio de la convivencia con él no fuera duro y que no me despertara alguna mañana pensando –o más sintiendo– en qué clase de laberinto nos habíamos metido sin necesidad alguna, pero la verdad es que, siendo sincero, yo también me enamore de él cuando lo vimos por primera vez en las fotos de la Protectora. Ahora, a punto de cumplir los 5 años, el perrete es de la familia. Así que comprendo de sobra el alivio, la felicidad y el descanso que ha sentido la chica que perdió a su perro en el accidente de Adamuz, pero que tras la ingente labor de muchas personas voluntarias y tras tres días de búsqueda logró localizarlo y llevárselo a casa. En mitad de tanta historia terrible, de esas que te pones a pensar en ellas y se te abre el suelo bajo los pies –cómo no pensar en esa niña de 6 años huérfana, pero en todos ellos y ellas en realidad–, ha sido un momento cuando menos de satisfacción, porque, por suerte, los seres humanos tenemos la capacidad de sentir varias cosas a la vez y es innecesario andar criticando que a qué viene tanta preocupación por un perro habiendo muerto 45 personas.
Hay tiempo para todo, emociones para todo y personas dispuestas a ayudar a todos, por mucho que en redes muchos y muchas mostraran su extrañeza. Imagino que lo de los animales es como casi todo en la vida: hasta que no los tienes no sabes qué se siente hacia ellos.