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Isla Busura

Maite Esparza

Vidas

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Creo que en lo que nos ocurre el componente de aleatoriedad y de azar tiene un peso importante. Paul Auster lo exprimía en sus novelas. Hay quien lo lee como destino. Cada cual rellena los huecos de lo que escapa al conocimiento y al control como prefiere, o como necesita.

Mientras la tragedia de Adamuz continúa bajo investigación, pienso en el segundo en que las vidas se quedan en suspenso, se rompen y lo cambian todo. En cómo eran antes de pasar por el kilómetro 318,7 de esa vía de alta velocidad. Había un malagueño de 30 años que viajaba en el Iryo a Madrid. Trabajaba de cardiólogo en el Hospital de La Paz. Una conquista para un alumno de Medicina que brilló al conseguir el mejor expediente académico de su promoción. Y después, imagino que más. Seguro que por sus manos pasó la salvación o la segunda oportunidad para unas cuantas vidas.

En el instante del impacto Jesús Saldaña escuchaba un tema de Rosalía en el móvil. Se quedó bloqueado en el seguir reproduciendo. A su familia la atravesaron los pésames antes que la comunicación oficial de su muerte. Había un cordobés que se dirigía a Huelva en el Alvia que había cogido en Atocha. Tras la tensión de los exámenes que parecen definitivos, oposiciones a una plaza fija, Mario Jara volvía a casa. Con él viajaban otros compañeros de incertidumbres. Ya estaba hecho. En Huelva le esperaba la tarta de su 42º cumpleaños. Mario nació y murió el mismo día.

En el segundo del impacto se encontraba en el vagón cafetería tomando una Coca-Cola y abriendo una bolsa de patatas fritas. A las 7 de la tarde a su madre le dijeron que estaba desaparecido. A las 9, que estaba muerto. Van a emprender acciones judiciales contra Renfe. Las vidas y los futuros posibles de Jesús y Mario colisionaron en el kilómetro 318,7 de esa vía de alta velocidad. Junto a los de decenas de personas más. Mientras esperamos las conclusiones de la investigación, un abrazo a quienes han perdido a alguien.