Uno pasaba por allí y le daba por mirar tras las rejas donde a veces ataba la bici. Por si veía algo. Si allí había antigüedades con nombre de rey, quizá la monarquía estaba vista para sentencia. Pero no. Allí aún olía a pan recién horneado y a naftalina pues en tiempos hubo una panadería y hasta 2012 esa tienda de antigüedades reales. Todo en la calle Mayor 67. Ahora, Antigüedades Carlos III se convertirá en Primaprix, un outlet de alimentación. Uno más en este casco viejo donde poco a poco se consolida un modelo de gentrificación de manual.
Leí noticia el mismo día que la librería Tipos Infames, en el barrio de Malasaña de Madrid, también anunciaba su cierre. Alfonso Tordesillas y Curro Llorca son sus dueños, unos tipos infames poseídos por la literatura que, frente a la gentrificación del barrio más cool de Madrid, no han podido más y echan el cierre. Como un jazmín liviano que cae sosteniéndose en el aire. Dicen que Malasaña se ha vendido a la especulación y a las franquicias. Y más: “Esto no es algo puntual que solo nos afecte a nosotros y no es solo la gentrificación, sino el puto capitalismo”.
Así que pienso en nuestro Casco Viejo, en nuestro Segundo Ensanche, en cómo la gentrificación silenciosa está haciendo un trabajo de trituración del espacio público, del urbanismo, de las relaciones y lealtades vecinales, del tejido comercial de toda la vida; pienso en la instagramización de nuestras calles más turísticas, en el vampirismo especulativo de algunos grupos de inversión, de los lobbies hosteleros e inmobiliarios y en cómo este proceso de resignificación vital del Casco Viejo está siendo asumido por la agenda política sin más respuesta que la inevitabilidad amable y necesaria de su proceso destructor.
A veces, me detengo en una calle de lo viejo, Zapatería, Chapitela, y no las reconozco. No porque ya no sean las calles de mi juventud, sino porque ya no saben quiénes son los suyos, sus vecinos.