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Isla Busura

Maite Esparza

Lo único

Lo único

Todas las personas poseemos algo que nos hace únicas. También las más anodinas, las que no parecen espacios en los que ocurren cosas capaces de robarnos la atención. Existe una manera intransferible de ladear la cabeza al escuchar o fruncir el ceño cuando algo se adueña de nuestro interés. Una manera de reírse estallando en una carcajada que se libera de la corrección como el río que por fin consigue saltar por encima de la presa. Una manera de sellar una tortilla de patata que por dentro se licúa y se derrama en nuestra boca. Una manera de moverse dentro de la burbuja que crea el ritual del sexo. Una manera de acordar pactos tácitos con una mirada y no otra. Creo que cuando descubrimos qué hace diferente a una persona nos atamos a ella con un hilo invisible.

Lo único despierta deseo. Los escaparatistas lo saben. Han comprobado que colocar un solo objeto sobre una peana provoca en quien lo mira la ficción de exclusividad y multiplica su valor, mientras que el mismo objeto rodeado de sus iguales lo pierde. En la megaurbe que es Tokyo, con un área metropolitana en la que se disputan cada metro cúbico de espacio tantos millones de personas como en toda Polonia o Marruecos, ocurrió hace unos años algo mágico. Un hombre abrió una librería de un solo libro. En pleno distrito de Ginza ejerce de imán silencioso una habitación acristalada que cada semana vende ejemplares de una sola obra. A la discreción que propone la librería Morioka Shoten no conduce Google Maps, hay que buscarla de otras maneras. Con la misma voluntad que su propietario espera en quien se acerca a cada libro que elige. En Tokyo, que podría ser el epítome de la abundancia, este es un ejercicio radical y seductor. También redefine el papel que juega el librero. Celebro el milagro que ha conseguido que continúe abierta después de ocho años y que nos recuerda el valor de lo único.