El foco de la política estatal situado en las últimas semanas en las elecciones en Castilla y León arroja algunas luces y muchas sombras a la vista de los resultados expresados en las urnas. Luces en forma de tendencias y conclusiones del estado de la ciudadanía española en manos de las corrientes de información –o desinformación– con las que los partidos las están alimentando; sombras por el engañoso resultado que puede proyectar la ficción de que las estrategias de los principales agentes les dan para sostenerse, sin atender a sus consecuencias en forma de políticas reales.

En primer lugar, el PP puede esgrimir que ha vuelto a ganar en su feudo tradicional sin asumir el coste de la gestión de los incendios del pasado verano. Su conclusión de que por la vía del desgaste del Gobierno de Pedro Sánchez está consolidando su base y ha puesto límites al ascenso de Vox es engañosa. De momento porque, aunque se prevea un desbloqueo de las investiduras en Extremadura y Aragón, la dependencia del proyecto de Núñez-Feijóo del partido ultraderechista es total. En consecuencia, se anticipa una mayor absorción de la agenda ultra por parte de los populares, como se ha venido constatando. La responsabilidad de estar situando un relato extremista, maniqueo y populista en el centro de la vida política le corresponde al PP, que está interiorizando las políticas que laminan la igualdad y diversidad de género, la cultural y racial y enmiendan sus principios restándoles recursos públicos. El PSOE, por su parte, vive hoy el espejismo de haber resistido la marea de la derecha.

Lo ha hecho con un candidato ajeno a la estrategia general de trasladar a las autonomías los liderazgos del Gobierno de Sánchez, lo que no debería permitirle ser demasiado optimista respecto a Andalucía, donde volverá a intentar situar a una ministra como alternativa al PP. Y lo hace también absorbiendo el voto de toda la izquierda, cuya división la está volviendo irrelevante en las bases autonómicas. Esto puede sonar a una reconfiguración hacia el bipartidismo en el futuro, pero en la práctica solo deja al PSOE sin apoyos en el entorno. La fractura de esa izquierda se ha confirmado letal para ella. No logra ser voto útil para frenar a la extrema derecha, como pretende presentarse, ni tiene dimensión para condicionar la agenda del PSOE.