El PP esperaba como agua de mayo los resultados de su diseñada secuencia electoral en tres CCAA que ya gobernaba, pero en ninguna de ellas ha conseguido el declarado objetivo de alcanzar la mayoría absoluta. Al contrario. Hoy es más dependiente de Vox en Extremadura –donde ha tumbado los dos intentos de Guardiola de ser reelegida–, como tampoco lo ha constituido en Aragón, también con más dependencia de la ultraderecha que antes de forzar el anticipo electoral.

Poco ha cambiado el escenario en Castilla y León, un territorio en el que la derecha ostenta la vara de mando desde 1987 y la va a seguir teniendo ante un PSOE que resiste la embestida. En definitiva, la estrategia de Feijóo de utilizar estas elecciones como un atajo hacia la La Moncloa ha resultado fallida. En total, se ha votado en 14 de las 50 provincias y el escrutinio que apenas alteraría la actual correlación de fuerzas del Congreso de los Diputados. Si en lugar de haberse llamado a las urnas en Extremadura, Aragón y Castilla y León, las citas se hubieran celebrado en Catalunya, Navarra o la CAV, el PP probablemente estaría de bajón. Pero tampoco cambiaría nada el panorama.

El bacalao se va a jugar, cuando así lo decida Sánchez, en el conjunto del Estado. Con otras claves, otros intereses y otros candidatos. Y ahí el presidente del Gobierno es muy superior al del PP, que se empequeñece en el cuerpo a cuerpo. La derecha tiene un problema con el jefe de la oposición... y con la ceguera de no ver que él no sólo es parte del problema sino quizá el principal.