Tras pescar apenas 6.200 votos aragoneses entre un millón y multiplicarse por cero en nueve parlamentos, toda la autocrítica de quienes han llevado a Podemos a la debacle ha sido esta: frente al abismo, urge dar un paso hacia delante. ¡Hasta la derrota siempre y cogiendo impulso! Recuerdan a aquel avión uruguayo estrellado en los Andes, con la salvedad de que quien parece seguir un rumbo errático, mientras ellos vivaquean en su cumbre, es el resto del mundo. No hace falta ser del Ibex 35 para señalar la evidencia: que así, de culo. Y lo digo con tristeza, pues conozco a magníficas personas que ayudaron al proyecto.
¿Y cómo es así? Pues hay mucho de fondo, y muchísimo de forma cuando alguien osa cuestionarlo. Es esa altivez sarcástica ante ciertos temores de la gente, acusada de exagerarlos si desmienten el dogma del partido. Es esa elitista ausencia de empatía, vamos, que ninguna pena si te pegan el palo o empeora el barrio. Es esa manía de despachar cualquier objeción práctica o ideológica tachándola de fascista, machista, racista, tránsfoba, lo que toque, un delirio que, si no es fruto de juntarse sólo con los suyos, alienta la endogamia. Es ese responder al legítimo interrogante con desprecio, como si el envés de la adhesión tuviera que ser el odio, nunca la duda. Es esa impresión de que nada casa entre la arenga pública y la vida privada.
A la dirigencia de Podemos le ha ocurrido –se lo ha buscado– algo lógico en un columnista, pero muy chungo en las urnas, y es caer fatal. Y no a un consejo de administración, sino a esa clase trabajadora a la que tanto se empeña en ignorar. Su cruz no son las multinacionales: son las zonas de carga y descarga. Bajen y pregunten.