¿Hay personas más despreciables que los chivatos? Desde niños aprendemos a odiarlos como merecen. En las dictaduras el chivato es el bellaco que delata a sus vecinos con consecuencias trágicas. Un chivato entregó a Ana Frank y su familia a los nazis. Confidente, espía, soplón, acusón… recibe muchos nombres. A esta chusma ha movilizado el jefe del fútbol español, Javier Tebas, contra los hosteleros que ofrecen partidos de LaLiga sin licencia, es decir, fútbol pirata para los pobres que acuden a la tele del bar en busca de lo que no pueden pagar en casa. Tebas ya cuenta con su Stasi cañí.

El pirateo es inevitable y evoluciona en tecnología y usuarios. Cuando el capitalismo demencial estimula el consumo hasta el infinito lo normal es que la gente lo quiera todo. La industria del entretenimiento hace años que amortizó la piratería doméstica tras fracasar en su estrategia de criminalizarla con su acusación de financiar a los narcos, la pornografía y el tráfico de armas. Era falso: gran parte de la piratería es inane intercambio de enlaces y la tendencia es que algún día los bienes culturales, internet y la televisión por cable, incluyendo el fútbol, corran a cargo de los gobiernos de cualquier credo.

Lo más ruin es que Tebas gratifica con 50 euros cada chivatazo de éxito; pero a los soplones no les mueve el dinero, sino la envidia, el rencor y la venganza, eso que el gestor de LaLiga sabe que abundan más que las patatas. El fisco –también las Haciendas Forales– dispone de ventanillas digitales de denuncia anónima de fraudes fiscales. No la remuneran, pero incitan a sindicalistas, socios y trabajadores a satisfacer con su siniestra delación las viejas rencillas hacia sus antiguos jefes y colegas. Solo hay que ser un miserable y disfrazarse de probo ciudadano. l