El avance de Vox en varias comunidades autónomas exige una lectura serena y basada en hechos. En Aragón, la formación ha experimentado un crecimiento notable en el último ciclo electoral, duplicando su representación y situándose como actor decisivo en la gobernabilidad regional. En Extremadura, donde en 2019 Vox no obtuvo escaños, su irrupción posterior ha transformado el tablero autonómico y obligado a replantear pactos y agendas.
Esos saltos cuantitativos no explican por sí solos el fenómeno. Hay factores estructurales: precariedad laboral, dificultades para emanciparse y falta de servicios en el medio rural que hacen que mensajes simples sobre empleo, vivienda y seguridad resulten comprensibles y, en ocasiones, atractivos. Hay factores culturales: la ocupación de símbolos y estéticas que antes alimentaban identidades alternativas y la presentación de la opción como “ruptura” frente a un statu quo percibido como distante. Y hay factores comunicativos: la mediación digital prioriza formatos breves y emocionales, donde la contundencia gana visibilidad frente al matiz.
El panorama sociopolítico ha cambiado en el Estado español las últimas legislaturas: parlamentos más fragmentados, mayor dependencia de pactos y una disputa por el terreno simbólico que antes alimentaba la contracultura de signo progresista. En ese contexto, la normalización de discursos que antes eran marginales altera no solo mayorías, sino también la agenda pública y las prioridades de debate. En las zonas ajenas a las capitales –pueblos, comarcas rurales y cinturones periurbanos– emergen perfiles de votantes que ayudan a entender la variación: jóvenes sin expectativas de emancipación, trabajadores con empleos inestables, pensionistas que perciben pérdida de servicios, y pequeños empresarios afectados por la competencia y la despoblación. En muchos casos, la combinación de frustración material y búsqueda de identidad cultural favorece opciones que prometen respuestas claras y rápidas. La respuesta democrática debe ser doble: políticas concretas que mejoren la vida cotidiana y comunicación pedagógica que traduzca lo complejo en pasos comprensibles sin renunciar al rigor. Recuperar horizonte es ofrecer proyectos creíbles y disputar también el relato cultural donde se forjan las identidades políticas.