Lejos de ser una excepción fruto de la pasión del momento, los insultos en la vida pública se han convertido en cotidianos y son exponente de la limitada capacidad de argumentación que en este ámbito debería ser premisa y de desarrollos personales mejorables. Una cosa es querer más votos o más audiencia y otra es recurrir a la crueldad, la humillación o el desprecio, que nada tienen que ver con la crítica o la ironía. Rescato dos ejemplos de la semana pasada.

Una política madrileña dirigió a la oposición dos adjetivos: tristes y frustrados. ¿Desde qué posición personal se pronunciaron? Viendo las imágenes, no parece que fuera desde la alegría, era como una restregada vengativa de quien cumple objetivos, alcanza metas, disfruta de un panorama abundante y mira al resto con desdén, como a gentes que ignoran que su ineptitud es la única responsable de su mala situación. La tristeza y la frustración señalan a la pérdida, al dolor, la ausencia y la vulnerabilidad. Esa política madrileña huye de ellas como de la peste y por eso insulta así. No cuenta con ellas. No están en su agenda. No han estado nunca.

Una periodista califica a otra haciendo alusión a su inteligencia y a su cuerpo y estableciendo un resultado desfavorable. Sexualizando, degradando, cosificando. Su posterior disculpa no es tal y hay quien aplaude sus palabras o les quita importancia o señala que la afectada debería hacer oídos sordos aún cuando atraviesa una situación de acoso. ¿Se han metido alguna vez con su cuerpo para hacerles de menos? ¿Recuerdan qué sintieron? ¿Les pareció justo? Somos nuestro cuerpo. Es más que nuestra presentación, es nuestra posibilidad de vivir, de ejercer nuestra vida. Es mucho, es lo que somos. Tendría que ser un límite. Si empezara a serlo, mejorarían mucho las cosas.