Melancolía por la juventud. He descubierto este término en un artículo. Juvenalgia lo podríamos llamar también. Creo que si nos sentásemos treinta personas en círculo –lo ritual y lo plástico son importantes en la performance– y se nos pidiera transcribir en una frase qué es hacerse adulto habría diversidad y un polo de confluencia. Los orígenes y las vidas de las treinta personas serían esenciales para determinar nuestras respuestas.
Haber llegado vivo a Algeciras tras cruzar el Estrecho y encontrar mi primer trabajo, peón de albañil, a los 31 años. Mantener limpia la casa y a mis cuatro hijos, alimentados, y a mi marido, tranquilo y satisfecho cada noche en este pueblo del sur de India, Polonia o México, a los 25. Liderar la empresa familiar de componentes tecnológicos situada a las afueras de Munich después del traspaso de mi padre al jubilarse. Hacerme cargo de 68 empleados a mis 43 años.
Cada cual ubicamos el ritual de paso a la edad adulta en una circunstancia. Contratar solas nuestra primera hipoteca, empezar de cero en otra ciudad o país, tener un hijo, perder a nuestra madre, a nuestro padre… Dejar de reírnos por todo, como dice una amiga. Constatar que la vida se pone seria. Incluso así, creo que algunas, y algunos, vivimos buscando equilibrio en la bipolaridad, asumiendo las responsabilidades adultas –qué vas a hacer– en lo económico, lo profesional, lo maternal… y agarrándonos fuerte a lo que interpreto como juventud infinita. Entusiasmo vital, algo de perpetua curiosidad infantil y de ganas de sorprendernos, improvisar cuando hay hueco, querer seguir riéndonos… Intentar que nuestro cuerpo no se aleje demasiado de lo que ha sido mientras muestra todas las marcas de vivir. Cuesta concretarlo. Pero no llamaría a esto juvencolía. Lo llamaría apuesta.