Con ocasión del quincuagésimo aniversario de la matanza del 3 de marzo, EH Bildu explicó este jueves que en Euskal Herria hay una deuda histórica que atender, una herida abierta que reivindica verdad, justicia y reparación para las víctimas del Estado. Pidió que se atienda esa deuda, ya que la Ley de Memoria Democrática reconoce el derecho a la reparación moral y recuperación de la memoria personal y familiar de quienes padecieron la represión. Que se haga efectiva, que se materialicen ya esa verdad, esa justicia y esa reparación. Yo lo escuché y enseguida pensé: ¿dónde hay que firmar?
Claro que, como tenemos una edad, ese pensamiento no me vino solo. Pues al igual que las familias de los 5 trabajadores asesinados en Vitoria por la Policía merecen verdad, justicia y reparación, también lo merecen las de las 379 personas asesinadas aquí y allá por ETA cuyas muertes aún siguen sin aclararse. No es tan difícil de entender. ¿Cuándo, entonces, desclasificamos esos papeles? Sin embargo, esta otra deuda histórica por lo visto resulta un incordio, ya son ganas de revolver, de mirar atrás, de dar la turra, incluso de venganza. Ni siquiera el medio siglo cuenta lo mismo, pues mientras que una herida se mantiene abierta y se rememora cada año, el intento de sanar del todo la otra es según parece poner palos en “la definitiva resolución del conflicto”.
Estaría feo decir el 3 marzo que menudos plastas son quienes no se cansan de recordar aquello, y que vaya rencorosos exigiendo señalar a los culpables, y joder qué obsesión con sacar el tema ahora que este pueblo ha decidido encarar su futuro en paz. Aquí, en fin, viene siendo lo normal.