Cada mañana empiezo el día con una rutina casi mecánica: café y titulares, mezclando medios generalistas y de ciencia. Leo estos días cómo el presidente de Estados Unidos impulsa junto a Israel una guerra contra Irán, contraviniendo un orden internacional ya muy maltrecho y sin apenas controles efectivos. Pero también encuentro que se reconstruye con precisión cómo se emparejaron sapiens y neandertales hace decenas de miles de años; que el análisis ultrarrápido del genoma revoluciona el diagnóstico de enfermedades raras; que afinar los modelos climáticos permite anticipar impactos y reducir daños.
No es solo contraste informativo: es una disonancia profunda sobre qué tipo de poder decidimos ejercer. De un lado, la afirmación de que las reglas sobran cuando estorban y de que basta un cálculo rápido de costes y beneficios —políticos, económicos, estratégicos— para justificarlo todo. Del otro, la ciencia que plantea otro método: para entender la prehistoria humana, el clima futuro o una mutación concreta hacen falta datos, cooperación, miradas múltiples y controles rigurosos. Nada de eso funciona sin ética ni sin límites, sin revisión, sin aceptar que uno puede estar equivocado.
No se trata de que la política deba ser dictada por la ciencia, sino de que incorpore ese enfoque crítico y multidisciplinar, manteniendo los dogmas fuera del proceso. Tal vez por eso la convivencia entre ambos mundos resulta estos días tan incómoda. Mientras unos deciden a golpe de misil o de mercado, otros exploran la resiliencia, intentan aliviar sufrimientos concretos o comprender mejor de dónde venimos. En tiempos en que el orden común se resquebraja por arriba, esa forma lenta, cooperativa y autocorrectiva de pensar sigue siendo una de las pocas maneras decentes que nos quedan de imaginar un futuro.