Cuentan que una dama madrileña de exótica excursión por la sierra de Gredos le preguntó al guía dónde estaba el váter. “Señoría mía –dicen que respondió el hombre– de aquí a Ávila, todo váter”. Desgraciadamente, no siempre estamos en el monte. Mi natural meón me ha hecho valorar desde antiguo la presencia de servicios públicos en los núcleos de población que visito. No digo nada ahora, en mi prostático presente.

En el estado francés, por ejemplo, hasta en los pueblos más pequeños encontramos su correspondiente urinario cerca del ayuntamiento o de la iglesia. Pura muestra de civilización y grandeur, aunque los podrían tener más limpios. En comparación con otras ciudades, Pamplona no es de las peores surtidas. Con todo, depende de dónde y a qué hora, el asalto de una inoportuna urgencia, de esas que reclaman alivio inmediato, puede acabar en multa o en tragedia por ausencia de lugar cercano, adecuado y reglado. Eso no te ocurre en el centro, al menos en horario laboral. Los baños públicos trillizos de la Plaza del Castillo, Sarasate y Plaza de la Cruz, a los que hay que sumar el de la Plaza de los Fueros y el de la Ciudadela, conforman un perímetro de seguridad para todas aquellas personas de revoltoso sistema urinario.

Son lugares higiénicos, bien cuidados, espaciosos, libres de angustiosas aglomeraciones, que contribuyen a hacer de nuestra capital un lugar más amable para el de aquí y la de fuera. No sé cómo no aparecen en las guías, entre los puntos de obligada visita. Ahora parece que el Ayuntamiento pretende eliminar los de Sarasate, dentro del proyecto de reurbanización del paseo, y sustituirlos por unos autolimpiables (¡qué horror!). Contra este sindiós hay convocada una concentración mañana por la tarde en el lugar donde quiere perpetrarse este crimen de lesa ciudad. Desde mi vejiga, toda mi solidaridad, todo mi apoyo.