Aquí la cuestión es quién se cree algo (algo más que los demás, claro). Quien se cree algo y se contiene porque algo intuye de turbio en la creencia es de agradecer. Oye, hace su vida, y aunque de vez en cuando se irrite o tuerza el gesto o mire de costado, pues ahí se queda. Puede que se reconsidere. Porque quien se cree algo y no se contiene ejercita su libertad y puede hacerlo con las patas de atrás.
También es cierto que lo que algunas personas entendemos por portarse mal, pero mal, en cualquier ámbito y en cualquier escala, para otras es un gesto imprescindible como pasar la mopa. Creo que en su interior se comparan con la naturaleza (no con toda). Con la naturaleza por lo que tiene de dato bruto, con lo que pasa y es y ya, terremotos, inundaciones, erupciones. Estas manifestaciones hiperenergéticas le ponen a mucha gente como correlato. Sospecho que ven una intención detrás de tsunamis y sequías, un afán de limpieza, de tablas rasas, y les gusta.
Me parece que mucha gente tiene que verse (y otra mucha no sabe que se ve) como fenómeno natural, como el rayo, por ejemplo. Donde la mayoría diga impredecible, dirán insobornable, donde destructor, necesario, donde terrorífico, vital. No les cabe cambio. Como el guepardo, que si tiene hambre, corre y come, como la avalancha, que cae sin apelación, como el trueno que ensordece. Ya les digo que en cualquier ámbito y en cualquier escala. Y lo tienen que hacer y decir porque algo superior habla por sus bocas o porque si no, revientan. Qué pena de gente sin edición. Y así, aterrorizan patios y aulas, se hacen una famita, o señalan y bombardean, matan y mutilan, o trepan, lamen culos, tuercen el idioma.