No es cuestión de santurronerías pero pertenezco a una generación para la que los docentes eran intocables y los respetábamos por convencimiento o por temor. Será por aquello o simplemente porque se trata de trabajadores que se merecen, como el resto y en tanto que realicen bien su labor, nuestro agradecimiento. Sea como fuere, me repugna imaginar a ese maestro que, tras un incidente con un alumno, se vio frente a la madre y al hermano de éste. Ambos, lejos de buscar una solución, la emprendieron contra el profesor, lo inmovilizaron con técnicas del mataleón, le propinaron puñetazos y patadas y hasta le arrancan de un mordisco un trozo de oreja.

Este caso ocurrido en Alicante no es el único, ni de lejos. Las estadísticas vienen subrayando el alarmante incremento de las agresiones en el mundo de la docencia y el desánimo y el hastío de maestras y maestros obligados a enfrentarse a situaciones violentas. Una veterana profesora de instituto me comentaba esta misma semana que son cada vez más las jóvenes educadoras que dejan la enseñanza al poco de iniciar esta carrera al sentirse abrumadas y acosadas frente a las actitudes machistas y brabuconas de parte de sus alumnos, a la par que desprotegidas e ignoradas por sus compañeros más veteranos. Moraleja, todos perdemos.