La guerra en Irán amenaza con resucitar el fantasma de la inflación. Y lo que puede quedarse en una sacudida temporal de precios se convertirá en un nuevo episodio de erosión prolongada del poder adquisitivo si el conflicto se prolonga durante meses. Un nuevo golpe para unos salarios reales que llevan casi dos décadas sin recuperarse.

Desde la crisis financiera de 2008, las rentas del trabajo retroceden o se estancan. La devaluación interna impuesta entre 2011 y 2014 supuso el primer gran golpe. La recuperación posterior (2015-2019) fue desigual y, en muchos casos, insuficiente. Cuando el mercado laboral empezaba a recomponerse, llegó la pandemia; después, la crisis energética derivada de la guerra en Ucrania. Cada sobresalto se ha saldado con una pérdida de capacidad de compra que contribuye a alterar el humor de la sociedad y que solo beneficia a las opciones políticas más extremistas.

Un petróleo caro actuaría como un impuesto a toda la economía. El encarecimiento del transporte, de la producción industrial y de la energía se filtraría inevitablemente en la cesta de la compra. Y, como ha ocurrido tantas veces, la capacidad de los salarios para seguir el ritmo sería limitada. La consecuencia es conocida: familias que trabajan pero pierden capacidad de consumo, empresas que padecen costes crecientes y una sensación corrosiva de retroceso económico.

Para territorios con una fuerte base industrial como Navarra y la Comunidad Autónoma Vasca, el impacto no sería menor. Pero el problema trasciende al modelo productivo y afecta al contrato social. Porque cuando los salarios reales se deterioran no solo se resiente el consumo. También se debilita la confianza de la sociedad en la capacidad del sistema para ofrecer progreso. La inflación persistente es un factor que amplía desigualdades y tensiona costuras.

Por ello el debate no debe limitarse a la evolución del barril ni a las decisiones de los bancos centrales. La cuestión de fondo sigue siendo cómo proteger el poder adquisitivo y evitar que cada crisis internacional vuelva a recaer sobre las mismas espaldas. Si algo ha demostrado el siglo XXI es que los shocks globales se repiten en un mundo imprevisible y acelerado. Está en juego si la sociedad vuelve a afrontarlos con sueldos debilitados o con mecanismos capaces de evitar que la factura la paguen, una vez más, quienes viven de su trabajo.