Estamos ahí, un día más, en la terraza del Torino, Lucho y yo, y de repente me dice que tiene una teoría. Al parecer, vivimos en una época muy complaciente: hasta los cenutrios tienen teorías. ¿Qué teoría?, le pregunto. Y me dice que está convencido de que las personas están empezando a entender que casi siempre es mejor vivir solo que mal acompañado. ¿Te refieres a los seres humanos?, le digo.

Y me dice que sí. Y le digo: ¿Por qué dices casi siempre y no siempre? Y entonces me dice que él conoce a personas que prefieren estar mal acompañadas a estar solas. De modo que, aquí me permito introducir una pausa higiénica como mal menor. No obstante, vamos a ver, el ser humano ¿se está volviendo loco irremediablemente? Yo lo pregunto, sin más. De hecho, se trata de una pregunta que últimamente nos hacemos todos, creo. Y todos tendemos a responder que sí, claro. Sin embargo, yo tiendo a responder que no. Nunca me ha gustado estar de acuerdo con la tribu, lo siento.

Es un sesgo cognitivo de mi mente que empezó a afectarme a edad temprana. De modo que yo no diría que nos estemos volviendo locos. Nos estamos volviendo otra cosa, pero no locos. Locos siempre hemos estado. Ahora nos estamos volviendo exigentes y caprichosos. Quiero esto y lo quiero ahora, con una guinda amarga y en su punto. Si cada vez vivimos más solos y nos hacemos más exigentes, es lógico pensar que acabaremos deprimidos.

¿Somos una civilización que se está deprimiendo de un modo histórico e irreversible? No lo sé, es posible. Muchos filósofos lo piensan. Cada uno lo expresa a su modo. Pero, puede que estén equivocados. Habermas soñaba con una sociedad democrática en la que imperara el entendimiento mutuo basado en el diálogo racional. Como si eso fuera posible. ¿Por qué no creer en algo tan bonito, Lutxo?, le digo. Y me suelta que, a él, todo lo demasiado bonito le da mala espina.