He perdido la cuenta de la cantidad de veces que desde 2008 se nos ha anunciado que llegaba una crisis y efectivamente han llegado unas cuantas, algunas de ellas demoledoras para muchos. Claro, también antes, cuando era niño y chaval, habría crisis y de hecho así lo confirman los libros de historia, pero cuando no eres adulto y por tanto no eres tú el que lleva la economía familiar te enteras menos.
Espero y deseo que si efectivamente viene una –que se suma a la anterior, que tampoco fue hace mucho, y a un estado de las cosas por el cual mucha gente vive en el alambre– esto siga sucediendo así: que los más jóvenes y pequeños no se tengan por qué enterar. O lo menos posible. Que si suben los alimentos, ya de por sí salidos de madre en cuanto a precios, se establezcan impuestos reducidos, ayudas y soporte. Y lo mismo para toda clase de servicios básicos que necesitamos las personas para funcionar día a día.
Dice el tarado de Trump que esto terminará pronto, pero creer la palabra de semejante ser es complejo, mientras vemos cómo bajan las bolsas y suben los precios de gas, petróleo, etc, algo que, ya lo sabemos, suele traer indefectiblemente subidas en el resto de bienes y crecimiento de la inflación. Ya digo, mi sensación es no recuperarse de una y estar leyendo la misma noticia o la misma sucesión de noticias por lo menos desde el Covid.
Y eso que, dentro de lo que cabe, seguimos estando en una de las mejores zonas del mejor hemisferio –por ahora– para hacer frente a esta clase de cuestiones, así que objetivamente no hay mucho de lo que quejarse. Sí pueden hacerlo y están en su perfecto derecho todos quienes apenas llegan a fin de mes, si es que llegan, ya vivan solos o solas o tengan a su cargo a esos pequeños proyectos de futuro, un futuro que desde hace muchos años se les muestra complicado y no especialmente esperanzador. No están siendo buenos años para ser joven.