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Mar de fondo

Xabi Larrañaga

Aliviadero

AliviaderoAlberto Estévez

Hace 22 años, tras la peor serie de atentados cometidos en España un 11M, y solo tres años después del mayor acto terrorista de la historia un 11S, nadie gritó “¡musulmán el que no bote!”. Es un dato admirable que merece ser recordado. Tampoco se gritó nada semejante, más cerca en el tiempo y el espacio, tras el atropello masivo en Las Ramblas de Barcelona un 17A, eslabón de otras barbaridades en apenas una década en Londres, Amsterdam, París, Bruselas, Berlín, Copenhague, Niza, y lo que te rondaré, infiel morena. Toda esa colección de horrores fue obra de musulmanes en nombre del islam. A ver si ahora va a resultar que eran jipis ciudadanos del mundo.

Por supuesto, gritar “¡musulmán el que no bote!” es chungo, sectario, xenófobo, asqueroso y añada usted lo que desee. Estamos de acuerdo. Pero, aun a riesgo de lapidación, también cabe indagar en otras causas, amén del beodo gregarismo, de este peligroso cambio en la grada. Y es que hace dos décadas la relación del paisanaje con ese Otro era escasa, y sobre todo simbólica. Qué rico es el cuscús, qué feo es el racismo. Hoy, para infinitos chavales, y en especial chavalas, el contacto es muy real, y a menudo negativo.

Y, claro, si no se les permite describirlo, y si se atreven se les llama de todo, el ideólogo oportunista lo tiene a huevo para, aprovechando ese cabreo en el vacío, regalarles un lema y un megáfono. No nos engañemos: no piensan y generalizan y desbarran y berrean así por lo que oyen y leen en las redes sociales. Lo hacen por lo que ellos mismos sufren y conocen y lamentan donde pueden. Pregunten a sus hijos e hijas, y escuchen. Que no todo es reñir y corregir.