Se ha convertido en un pequeño clásico local. Cada vez que el Ayuntamiento de Pamplona anuncia la construcción de nuevas viviendas en un barrio y aumenta el número inicialmente previsto, un grupo de vecinos se organiza y protesta. Como sucede en Show me a hero, la estupenda miniserie de David Simon, cuyos protagonistas temen que sus propiedades pierdan valor si el barrio cambia su perfil, pero con menos capacidad de presión.

Ha sucedido, con matices, en Ripagaina, en Lezkairu, en Etxabakoitz Norte, en San Juan y ahora también en Arrosadia. Los argumentos vecinales, cuyo enfado puede resultar comprensible –todos deseamos vistas despejadas desde nuestro balcón y el número exacto de vecinos para que sea viable disponer de servicios sin que estos se colapsen– chocan sin embargo con una realidad tozuda.

Falta mucha vivienda asequible donde las personas quieren vivir y activar nuevos planes de desarrollo urbanístico resulta demasiado lento. Ante ello, construir en altura en lugar de lo ancho parece una solución mucho más lógica y eficaz, menos invasiva con el territorio.

Los nuevos barrios deberían parecerse mucho más a Iturrama y San Juan que a Sarriguren y Mendillorri, con sus apenas cuatro o seis alturas. Y a ser posible, con plazas públicas que sirvan de lugar de encuentro y sin la absurda mediana central que secciona Lezkairu, donde es más fácil ver a una colonia de roedores que a unos niños jugando.