El lanzamiento de la nueva misión espacial estadounidense a la Luna tras 54 años, ha puesto sobre la mesa el espectáculo de una carrera espacial entre Estados Unidos y China en la que el prestigio y la influencia recuerdan a la de la Guerra Fría con la Unión Soviética. Mientras la NASA acumula 93.000 millones de dólares en el programa Artemis –con sobrecostoes que la oficina auditora del Congreso califica de “insostenibles”–, China esgrime la promesa de alunizar antes que Occidente.

La competición geopolítica empuja, pero corremos el riesgo de que el espectáculo o el negocio acaben imponiéndose al valor científico real. No se trata de demonizar la exploración espacial porque ha acreditado ventajas tecnológicas innegables y han mejorado concretamente la calidad de vida: sistemas de monitorización cardiovascular, bombas de insulina, láseres en cirugías, teflón, kevlar, paneles fotovoltaicos y el GPS que usamos a diario. La ingravidez ha impulsado investigaciones contra el cáncer y la osteoporosis, y moléculas desarrolladas en el espacio han abierto vía a nuevos fármacos. La historia demuestra que la aventura espacial genera retornos tecnológicos que benefician a toda la humanidad.

El problema surge cuando la carrera deriva en pura exhibición de poder o negocio privado sin criterios científicos rigurosos. Cada lanzamiento cuesta 4.100 millones de dólares, el triple de lo previsto, mientras se recorta un 47% el presupuesto científico de la NASA, cancelando 41 misiones, se destinan 7.000 millones para llegar a la Luna “antes que China”. La prioridad política eclipsa la necesidad científica.

Hay un debate ético pendiente: 575 millones de personas en pobreza extrema camino a 2030, sistemas sanitarios colapsados, crisis climática acelerada y desigualdades crecientes. El espacio no va a ser la solución a estos desafíos que condicionan la estabilidad y el bienestar. El Foro Económico Mundial advirtió en 2022 del riesgo de que el exceso de misiones espaciales ponga en peligro el desarrollo económico global. Sin contar con la militarización creciente del espacio, la exploración espacial padece el riesgo de perder definitivamente su valor científico genuino. La carrera no es llegar primero a la Luna, sino garantizar que la humanidad pueda vivir dignamente aquí antes de pensar en emigrar a otro planeta.