Hay días que ciertas imágenes o noticias, te nublan la vista, te sacan de tus casillas. Entonces, te viene a la mente ese verso de Emily Dickinson que dice “Sentí un funeral en mi cabeza”. Otras veces, las menos, oyes o lees o ves algo, y lloras porque sabes que nunca es demasiado tarde para nada. Ocurrió la semana pasada. Que el parlamento israelí aprobó la pena de muerte por ahorcamiento que se aplicará a los palestinos convirtiendo el asesinato en un asunto perfectamente legal. El impulsor de esta medida fue el ministro judeofascista Ben Gvir quien lleva en el reverso de la kipá, ese bonete que cubre la coronilla de muchos judíos, hilvanada una horca con hilo de oro. Gvir se encomienda a Yahvé tres veces al día y entre plegaria y plegaria, su abyecto corazón bombea litros de odio. Por eso celebró con champán que los palestinos pudieran ser asesinados con todas las de la ley. Por si quedaba alguna duda de que Israel ha agotado toda forma de piedad. Ver a ese tipo brindado por la muerte con una sonrisa exterminadora remueve la amargura en las entrañas.

Esa misma semana, la nave Artemis 2 despegó en busca de un abismo desconocido. Como huyendo de un mundo que se ha salido de sus bisagras. Lo hizo en medio de guerras que desafían al mismísimo infierno. Pero si se fijan bien, la elíptica del viaje de esa nave, también dibuja una horca a través del universo. Como si quisiera estrangular a este planeta fallido.

Sin embargo, una imagen puede reconciliarte con la vida. Es la de la astronauta Christina Koch mirando desde una de las ventanas de la cabina de la nave Orion hacia la Tierra. A miles y miles de kilómetros, la observa como si fuera un lugar que no le pertenece, pero de una belleza helada. Cuando vi esa imagen imaginé mirar por esa misma ventana. Quizá desde ahí, me dije, el mundo carezca de vértigos y horrores, quizá desde ahí el planeta solo parpadea entre bostezos brumosos. Quizá. Y lloré.