Esta sábado, estaba prevista la colocación de un adoquín tropezón en el número 11 de la Avenida de Baja Navarra, de Galán y García Hernández en tiempos republicanos, donde estuvo domiciliado el singular pamplonés Xabier de Frutos (Pamplona1909) artista pintor de obra desaparecida, autor de un también desaparecido mural del casino Eslava, diseñador de libros, carteles y publicidades varias para la editorial de García Enciso y de la efímera revista navarra de vanguardia Atalaya, objeto de un estudio reciente, deportista, primer presidente del club Natación, euskaldún , promotor del comité navarro para las Olimpiadas Populares de Barcelona 1936, donde le cogió el golpe de estado del 18 de julio.

Se enroló en las milicias antifascistas y fue a combatir a Mallorca, a Porto Cristo. De vuelta a la península, ya como teniente, se enroló en Madrid en las milicias vascas antifascistas, cuyo uniforme diseñó, comandadas por otro pamplonés de vida azarosa, Vicente Lizarraga, que aparece en las memorias del eminente psiquiatra Carlos Castilla del Pino, como su primer paciente en la clínica madrileña donde lo había recluido su familia para evitar males mayores con los vencedores y su expeditiva justicia.

Milicias vascas con las que Xabier de Frutos participa, como capitán, en los combates de la defensa de Madrid. Es en uno de esos combates de la Casa de Campo, el de noviembre de 1936, cuando aquel pamplonés euskaldún fallece. Pese a los esfuerzos e investigaciones familiares hasta ahora mismo, nunca se han encontrado sus restos. Esta muerte y ese imposible duelo repercutió en la salud de sus familiares en Pamplona, como sucedió con muchas otras familias pamplonesas y navarras con miembros asesinados que todavía reposan en fosas comunes o fallecidos, como de Frutos, en combate, y fue el preludio del vengativo expolio sufrido en sus propiedades de la Ribera y del exilio de su familia en Venezuela hacia 1950.

Las calles de Pamplona están plagadas, a poco interés que se ponga en ello, de recuerdos de los auténticos perdedores de la guerra civil, que no blasonan de ello en platós televisivos ni en galleras mediáticas ni se cuelgan medallas de auténticos expertos y de autorizados propietarios exclusivos del relato para hablar con fundamento y voluntad de dogma de fe bien pagado de aquel desastre, cuya sombra nos alcanza, en los medios de comunicación, parlamentos y redes sociales.