Navarra ya ha activado el cronómetro. El 23 de mayo de 2027 asoma en el calendario y, aunque el ruido de sables por las candidaturas empiece a copar titulares -con UPN y PSN apresurándose a marcar territorio con Ibarrola y Chivite-, haríamos mal en reducir la política navarra a una mera cuestión de nombres o de ver quién aguanta mejor el envite interno. Porque, más allá de las siglas y de los liderazgos más o menos consolidados, lo que de verdad se somete a examen en apenas un año es la validez de un modelo.
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Ese sello propio que ha dado sentido a la mayoría de los 30 escaños frente a los 20 de una derecha que sigue sin encontrar la brújula. Cuatro años dan para lo que dan, pero en esta tercera legislatura el bloque de progreso ha afianzado un programa de desarrollo y cohesión social. La Navarra de hoy se asienta sobre hitos que hace una década parecían ciencia ficción: una apuesta por la industria, la innovación y nuevos nichos de empleo que ha sido capaz de atraer capital extranjero -con el desembarco chino como punta de lanza-,la creación de una Agencia de Transición Energética, proyectos de apoyo a proyectos contra la despoblación, la defensa del autogobierno, la reforma del sistema sanitario, el refuerzo de infraestructuras y servicios públicos o la nueva ley de salud.
Pero también hay normas que todavía no han dado sus frutos porque lo que costado es pactar un nuevo marco. Cambiar modelos. Y el bloque que sustenta al Ejecutivo debe ser consciente de que el estado de bienestar navarro tiene goteras que requieren más que parches. La Ley de Vivienda y sus zonas tensionadas o las nuevas fórmulas de vivienda es un paso valiente, pero necesita que el desarrollo de suelo para que la vivienda accesible pase del papel al ladrillo con urgencia. E implica decidir donde y cuando.
Como también la sanidad sea, probablemente, el flanco más expuesto. La inquietud de la ciudadanía ante el sistema de salud tras la pandemia es una realidad palpable, especialmente en una Atención Primaria que no termina de recuperar el pulso en una sociedad que envejece a marchas forzadas y demanda atención cercana, especializada y domiciliaria. Aquí no caben medias tintas: o se refuerza el sistema público con recursos y ambición, o el desgaste acabará por devorar los logros en otras áreas.
También hay grietas internas. La zonificación lingüística, la reforma fiscal o el ritmo del traspaso competencial siguen siendo puntos de fricción. Pero, puestos en la balanza, pesan mucho más los puntos de encuentro en la defensa de los servicios públicos y la cohesión territorial frente a una derecha que no ha sido capaz de articular una alternativa real en tres legislaturas lloriqueando un gobierno “robado”.
Queda un año y hay que demostrar que muchos planes y proyectos coinciden de lleno con las necesidades de la ciudadanía.