Todo es política, todo tiene una vertiente pública, derivada de leyes, mayorías y estados de cosas. Por ejemplo: el derecho al divorcio, prohibido por el franquismo, ha modificado nuestra estructura sociológica y vital. La nuestra es la primera generación masivamente divorciada, libertad que ha puesto coto a antiguos estigmas machistas.
Libertad para emparejarse, para acostarse o divorciarse, y libertad regulada si acaso para morir y poner fin a sufrimientos. La iglesia que educa y deseduca en el pecado, que concede la gracia y la desgracia y que es un lobby político-social, nunca ha estado en ese triduo. La iglesia levanta dogmas que a lo mejor aceptas hasta que tu niñez se extingue, o hasta que un día ves a tu padre, madre, esposa o marido con una enfermedad que no desearías ni a un enemigo y que te desolla el alma. Ahí llega el agarre terrenal, el valor de los servicios públicos para que el enfermo pueda anclarse a la vida, intente prolongarla o, según el cuadro, programe su final en paz. Todo eso requiere financiación y diligencia.
Regla de tres
De la plata de la sanidad a la plata informativa: una sociedad mal informada pierde sensibilidad, talento y dinero. La buena información es muchísimo más que un guarnecido democrático. Pero este axioma antaño emancipador se disipa ahora que podemos camuflar nuestra incultura con la IA y convertirnos en unos ‘tecnoburros’ de primera. Llueve sobre mojado. Treinta años de internet ya han producido un “terremoto en la psicología de masas”, según el analista Enric Juliana. EnViaje a un Nuevo Mundo (Arpa), libro de conversaciones con Esteban Hernández, el periodista catalán recuerda que “es imposible hablar de progresismo sin fe en el mañana” y se refiere a la IA como un “cambio de civilización” cuya “nueva divinidad” “puede enviarnos al infierno”.
La letra dejó de entrar con sangre y ahora nos penetra el algoritmo. Habitamos en un parque temático con un perímetro cada vez más estrecho
Siempre libros
Dos ensayos más de cara al 23 de abril. El primero, del sociólogo Xavier Godàs:Comunidad y política en el imperio del yo. Por qué la sociedad individualista pone en riesgo la democracia (Icaria). El segundo, de Santiago Alba Rico: Elogio de la literatura (Akal), para salir “de la indigencia cultural”.
La letra dejó de entrar con sangre y ahora nos penetra el algoritmo. Habitamos en un parque temático aparentemente variado, pero cuyo perímetro cada vez es más estrecho. Como sociedad necesitamos más bibliografía y menos forraje de consumo rápido. Al hilo de unas palabras de Gabriel Rufián esta semana: adelante con el Tik Tok, pero sin olvidarse de las bibliotecas. La praxis política tiene que nutrirse de un corpus intelectual más potente.
Perversión simbólica
Quizás el pesimismo existencial haya tenido un prestigio excesivo en este primer cuarto de siglo, pero lo verdaderamente exitoso ha sido la corriente de individualismo que circula en esta “sociedad del rendimiento” que acuñó el filósofo surcoreano Buyung-Chul Han. Esa que nos birla la calma, y que ahora parece sumergirnos en una especie de fantasía pirolítica deshumanizadora. Me explico: mucha gente justifica las mayores salvajadas por el hecho de estar cometidas por unos críos vestidos de militar, como si fuesen nuestra aspiradora Roomba mientras nos seguimos divirtiendo. Esta es la tragedia civilizatoria actual, la justificación de asesinos a gran escala ignorando lo que engendran. Como señala otro filósofo, el alemán Peter Sloterdijk, la civilización surge de la domesticación de lo violento. De ahí el destrozo.