El otro día les decía que a través de los pequeños álbumes de fotos con que me obsequia el móvil compruebo mis ritos estacionales, asociados a estados de ánimo que reitero. Si alguien accediera al contenido de mi terminal, podría afirmar que me gusta el campo, las flores y los árboles. Ahora puedo dar fe yo misma. Cierto que cuando ví el recopilatorio ya identifiqué alguna impostura en la que no me detuve porque prioricé el recuerdo complacido de los lugares visitados y las imágenes reconocibles, aquellas de las que puedo decir tal flor la cogí en tal sitio o ese día paseé con X por Y.
En el repertorio de paisajes, ramilletes y árboles se colaron fotos ajenas. Alguna con la composición y la abundancia propias de una revista de decoración, otras de lugares que no reconozco, otras no encajan con mi gusto y nunca las habría hecho.
Ha vuelto a pasar. El aparatito me ha asaltado con seis fotos de las que reconozco tres, igual cuatro. Quiero ver la lógica. Una reproduce una imagen del muro de una ciudad. Esa es mía. En otra se ve a C en otro lugar de la misma ciudad tiempo después. En otra, aparece un diseño de J para un mural. Esas me llegaron. Hay cierta conexión, ¿no? Es posible que la cuarta, un rostro románico, también lo haya fotografiado yo. Con las otras dos imágenes, el mural de Valparaíso en tonos rosa y la colorida calle centroamericana con graffitis, no tengo relación alguna.
Es decir, hay una IA que considera mis recuerdos o experiencias insuficientes y mejorables y me lo hace saber. A usted le pasará lo mismo. Es una IA perversa y manipuladora. Ahora tengo buena memoria. ¿Qué pasará dentro de unos años? ¿Me perturbarán esas imágenes? ¿Construiré recuerdos inexistentes?