No hace falta que te recuerde que el mundo se está yendo al diablo, Lutxo. Lo sabes perfectamente. Lleva así más de treinta siglos. Desde Homero. Puede que desde más atrás. No obstante, en contra de lo que parece suponer una opinión general, yo siempre he estado convencido (no sé por qué será), de que hay muy poca gente realmente desdichada. Tiendo a creer que la mayoría sabe disfrutar de la vida con lo que tiene. Sea mucho o poco. Y no digo que eso sea la verdadera sabiduría. Eso tiene que ser, sin más, un instinto muy básico. La verdadera sabiduría, naturalmente, yo no sé qué será.
Ahora bien, la vida es dura, lo sabemos. Siempre lo ha sido. Y para unos más que para otros, claro. Esa es la cuestión, Lutxo, viejo amigo, le digo. Y me suelta: Esperemos que sea para bien. Pero en ese momento, casualmente, sale el sol y de pronto pasa una fila de seres humanos de diversas etnias e idiomas, con sus bolsos y sus bártulos colgados o en carritos. Gente del planeta Tierra: el planeta de los nómadas. Y sí, la movilidad de las personas ya no es como antaño. En el mundo de hoy, todo es más rápido. La mezcla es imparable.
El tiempo no se detiene. Ni retrocede. Aferrarse al instinto conservador de lo antiguo, querer que las cosas no cambien, querer que todo siga como antes, es un poco absurdo. Y ridículo. Pero no solo es absurdo y ridículo, también es imposible. Y además tiene que ser muy frustrante. Porque el tiempo no es conservador. Es todo lo contrario. Los muy conservadores están condenados a sufrir una constante nostalgia, viendo como el tiempo lo va arrojando todo al olvido.
El mundo de los abuelos ya no existe. Ni siquiera el de nuestros padres. Y el que se supone que es el nuestro, nuestro mundo, está cambiando a cada minuto. Pretender ignorarlo representa una funesta perspectiva, Lutxo, le digo. Y me suelta que, hablando de perspectivas, él prefiere la caballera. Sin habla, me deja.