Donald Trump ha convertido la búsqueda de enemigos en una forma de gobierno, hasta el punto de dinamitar, a golpe de exabrupto, los puentes que tradicionalmente daban estabilidad a la política estadounidense. Agresivo, errático y extemporáneo, entra en conflicto con un tono de auténtica rabieta con los aliados históricos –Europa–, quienes aportan estabilidad económica interna a su país –la Reserva Federal– y, ahora, incluso religiosos –el Vaticano–.
Contra su pretensión es un ejercicio de debilidad, una huida dialéctica hacia adelante que erosiona la fiabilidad de su propia Administración como interlocutora. Un país que amenaza con destituir al presidente de la Fed si no “se va a tiempo” y que cuestiona a gobiernos europeos por cualquier matiz disidente proyecta volatilidad donde antes había previsibilidad. La polémica con el papa León XIV es un síntoma extremo de esa deriva.
Nunca antes un presidente de Estados Unidos había tildado públicamente al Pontífice de “débil” ante el crimen y “terrible” en política exterior, ni le había afeado que hable de guerra y de Irán “sin saber lo que pasa”. El ataque personal, reforzado en redes con mensajes donde afirma que “no quiere un papa” que critique al presidente de EE.UU. ni que cuestione su estrategia ante Irán, desborda cualquier diferencia clásica entre un gobierno y la Santa Sede.
León XIV, que siempre fue disidente de la forma de pensamiento y actuación que representa el presidente estadounidense, se ha convertido en su inesperada némesis. Un rival que no argumenta desde una teología cerrada, sino desde un diagnóstico ético que podría firmar cualquier conciencia laica: denuncia la inmoralidad de la guerra, alerta del deterioro de la democracia y advierte de que, sin fundamentos morales, ésta puede degenerar en tiranía.
Sus palabras sobre la necesidad de que el poder se someta a la virtud, la templanza y la rendición de cuentas trascienden el colectivo católico y se sitúan en el terreno universal de los derechos humanos. El Papa encarna hoy un discurso cívico en torno a estos principios mientras el presidente del país que, junto a la Francia revolucionaria, los estableció pretende desmontarlos a capricho. Habrá que medir cuánto daño hará esta espiral de polémicas a la credibilidad de un país que necesita aliados, reglas y autoridad moral.