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Mar de fondo

Xabi Larrañaga

A matar

A matarEFE

Como ya sabrán, miles de personas se juntaron en Sevilla por la final futbolera. Unas en su mayoría de Gipuzkoa, otras sobre todo de Madrid. Y, salvo cienchorras sin fronteras, el mogollón se mezcló en calles y tabernas con sensatez y alegría. Ole, ole y ole. Tal vez alguien replique con ese horrible comodín, “como no podía ser de otra manera”. Bueno, sí, sí podía ser de otra manera. A veces el balón es suficiente para que un yogui abandone su condición de ciudadano, incluso la de aficionado, y acabe en fanático. También basta una copa para que algún sobrio derive en botarate sin penalti de por medio. Enhorabuena, pues, a ambas hinchadas, que ni etílicas se desbocaron.

Y no solo eso. Porque, según las urnas, y con permiso de Murcia, la capital andaluza reunió a la peña más patriota, más abertzale, más españolista. Sin duda apuntalaron esa idea los dos enormes tifos enfrentados durante el himno, en una grada la rojigualda, en la otra la ikurriña. También confluyó el paisanaje supuestamente más progresista y el más conservador, la tribu más centrípeta y la más centrífuga. Pues nada, ni por esas, no hay modo de zurrarse.

Escribió Dubravka Ugrešić que en el Zagreb previo a la guerra “el odio se cultivaba como planta doméstica, como un feo y correoso ficus”. Aquí también nos pasamos media vida sembrando medios, redes y muros de palabrotas, vistiendo al prójimo de exclamación permanente - ¡asesino!, ¡fascista! -. Y, ya ves, en la otra media compartimos un vino muy a gusto. ¿No será que no nos malqueremos tanto, que ni siquiera azuzando han logrado envenenarnos? Y, por cierto, quien dice mal rollo entre pueblos lo dice entre vecinos. No sé si me explico.