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El farolito

F.L. Chivite

Kenia

KeniaArchivo

Es importante saber quién se es, Lutxo. Eso dicen. Pero más importante aún es saber quién no se es. Mucha gente ignora quién no es. Y acaba en desastre. Empiezas a actuar como quien no eres y a decir las cosas que suelen decir quienes no eres y eso te aloca. Vives torpemente. Acabas confusa. Te golpeas por ahí con las fantasías anhelantes.

No obstante, saber quién eres de verdad, es imposible, claro. Porque no solo eres la que eres, obvio, sino que también eres el que podrías ser con un par de buenas decisiones y un poco de suerte. Y la que fuiste y ya no eres, pero aún queda algo. Y el que te gustaría ser y, aunque de hecho no serás nunca, también eres de algún modo vagamente fabuloso. O sea, que todos tenemos una imagen más o menos reelaborada y retocada de nosotras mismas. Y en el fondo lo sabemos (o deberíamos).

Porque, en realidad, eso es lo bonito de los personajes de la comedia humana: que todos ellos son un poco borrosos y que todos, incluso los de más baja estofa, se encuentran, una y otra vez, atrapados en sus fantasías anhelantes. ¿No es maravilloso? Las fantasías anhelantes nunca han tenido muy buena prensa, lo sé. En la larga noche de los tiempos, que ha sido también fría y dura, siempre se las ha considerado un poco frívolas. Y un poco alocadas.

Pero, ojo, siempre han estado ahí. Soltando chispas en la penumbra. A la postre, las fantasías anhelantes sostienen el equilibrio del sistema. Que es emocional: el sistema. Sean cuales sean, esas desdichadas fantasías anhelantes. Porque unas veces son unas y otras veces son otras. Siempre hay unas cuantas que están de moda, claro.

Ahora, por ejemplo, está de moda viajar mucho, Lutxo, le digo. Y entonces me dice que, de momento, él se va a Praga. Y acto seguido a Kenia. Y en verano a Cancún. Y luego a Vietnam. Y que ya ha reservado plaza y billete para pasar la noche vieja en las Canarias. Que no tiene tiempo para nada, refunfuña, el desdichado. A veces parece que todo es una farsa.