Estaba yo esperando a la villavesa en la esquina de la avenida de Villava con Juan de Tarazona y pensado en las barbaridades que dice Trump, cuando me acordé que cerca de aquí también hubo una Casa Blanca, justo enfrente del Convento de los Capuchinos. Esta casa y otra llamada la Casa Colorada, situada justo donde yo estaba, eran parte de una finca que perteneció a Aniceto Lagarde Carriquiry, reconocido ingeniero pamplonés y unos de los cofundadores de la Asociación Éuskara de Navarra junto con Arturo Campión. Estas dos edificaciones se demolieron en 1983.

En la Casa Colorada tuvo lugar un sangriento episodio de la Guerra de la Independencia: el ejército francés colocó allí un destacamento que fue atacado por los guerrilleros de Espoz y Mina un día de 1812. Aquella batalla dejó cincuenta y cinco muertos y más de cien heridos. Enfrente de mí estaba el colegio de las Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús, diseñado por Víctor Eusa.

Estas religiosas valencianas, que se instalaron aquí en la década de los 40, se han ido ya y el centro tiene ahora otro nombre menos terrible: Santa Rafaela María. Se trata de un colegio concertado en el que se enseña euskera y que, seguramente, ha sido el primer punto de contacto con esta lengua y su cultura para decenas de familias de orígenes diversos.

Y justo detrás de la marquesina estaba el hermoso castaño de indias que fue candidato a ser el árbol del año de la Txantrea en 2017, premio que, al final, le arrebataron los cerezos del parque de Irubide. No parece que esto le afectase mucho, porque sigue ahí, a sus 150 años, espléndido, con sus 16 metros de altura y sus ramas plagadas de flores que luego traerán una cosecha ingente de pilongas. Y pensando estas cosas casi se me escapa la villavesa.