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La sonrisa de Trump se desvanece

Trump no logra avances en este viaje. Más aún, es probable que la situación tenga hoy peor solución en cuestiones importantes para Washington, como en el punto de tensión que es Taiwan

La sonrisa de Trump se desvaneceEuropa Press

Los viajes intercontinentales acostumbran a ser agotadores, especialmente cuando son tan largos como el que recientemente hizo a China el presidente Trump: para llegar a Pekín transcurrieron casi 20 horas, algo que deja agotado a cualquier pasajero, incluso a los privilegiados que pueden pagar pasaje en primera clase. Pero los presidentes norteamericanos disfrutan de todas las comodidades en el avión presidencial, en que acostumbran a acompañarle sus principales colaboradores y algunos periodistas de primera fila.

La ventaja era evidente cuando Donald Trump salió flamante del Air Force One, en que había pasado la noche para llegar a Pekín. Se mostró entusiasmado ante la espectacular bienvenida a cargo de un grupo de niños y no dio muestra alguna de cansancio en la larga ceremonia de acogida presidida por el primer mandatario chino Xi Jinping. En una visita intensa de dos días, tras los cuales Trump se mostró satisfecho en algunas cuestiones, como el pedido chino de 200 aviones Boeing que podría ampliarse a 500, así como la afirmación de su anfitrión chino Xi Jinping de que Irán debería desbloquear el estrecho de Ormuz y renunciar a cobrar peaje a los barcos que lo atraviesan.

Los medios informativos norteamericanos mandaron constantemente imágenes de las reuniones de Trump y de su equipo de 17 ejecutivos al frente de las principales empresas norteamericanas que se sumaron a este viaje para estrechar las relaciones comerciales con China, aunque tan solo dos de ellos, Elon Musk y el presidente de NVDIA, Jensen Huang, volaron en el avión presidencial. Nunca pareció cansado durante el viaje y se mostró tan dispuesto como siempre a responder a preguntas de los periodistas y mostrarse satisfecho y hasta exuberante por el viaje y la acogida por parte de sus anfitriones.

El gran barómetro de la opinión pública que son las bolsas norteamericanas se sumó al entusiasmo demostrado por Trump y el jueves superaron todos sus máximos históricos con el índice del Dow Jones por encima de 50,000 a los que se sumaron los otros índices como el SP500 y el Nasdaq. Pero la euforia duró poco y las bolsas perdieron al día siguiente más que lo ganado la víspera, en buena parte a causa de las declaraciones de Trump acerca de Taiwan, un importante punto de fricción con Pekin y también acerca de la guerra con Irán, en que prácticamente descartó la probabilidad de que China ayudara a poner fin a la guerra en una mediación con Teherán.

Pero más espectacular que la desacostumbrada cautela en las declaraciones del presidente norteamericano, fue su aspecto cansado al llegar a Washington, algo que difícilmente puede achacarse a la falta de sueño y que contrasta con su habitual entusiasmo y energías. El dictamen de la mayoría de los comentaristas parecía acertado: Trump no había logrado avances en este viaje. Más aún, es probable que la situación tenga hoy peor solución en cuestiones importantes para Washington, como el punto de tensión que es Taiwan, el mayor productor del mundo de semiconductores y chips de computadora.

En liza está la venta de armas norteamericanas a Taiwan por valor de 25 mil millones de dólares, armas que tan solo servirían para defenderse de China, algo a lo que Xi Jinping se refirió como un posible obstáculo para el futuro de las relaciones con Washington. El presidente chino parecía un negociador más hábil que Trump, autor del famoso libro “El arte de negociar”, lo que no sería sorprendente ante la experiencia milenaria de un país que ha salido de la miseria de los últimos dos siglos para convertirse en un estado moderno sin abandonar sus costumbres y con un presidente que gobierna sin tener que prestar atención a exigencias democráticas ni a presiones extranjeras.

Pero sorprende ante los recursos que Washington puede hacer valer frente a un gobierno con problemas sociales importantes como el declive demográfico, el exceso de capacidad industrial o la prolongada crisis inmobiliaria. Es algo que esta corresponsal pudo apreciar en su reciente viaje a China, donde los drones vigilan abiertamente las actividades de la población sin que nadie parezca molestarse y donde, a excepción de Pekín, ni siquiera los hoteles tienen empleados que hablen otro idioma que el chino y fuera de las ciudades grandes… no hay más cubiertos que palillos.

Pero la tecnología funciona: se entienden con el ocasional turista occidental gracias a pequeñas máquinas traductoras, el ejército de motocicletas es silencioso porque los motores son eléctricos y los hoteles sirven comida en las habitaciones a cualquier hora gracias a robots que cortesmente van saludando a cualquier persona que se les acerque por los pasillos. Es cierto que las grandes ciudades, como Shanghai con 30 millones, Pekin con 22 o Chongking con 35, están tan contaminadas que nunca se ve el sol tras las nubes, pero hay 1400 millones más que viven en zonas poco contaminadas. Y quizá la tecnología permita algún día limpiar la atmósfera de ese gigantesco país.